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Días de radio y marcador simultáneo

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Días de radio y marcador simultáneo

Hubo un tiempo en el que los partidos de fútbol se “veían” por la radio, y se “vivían” a través del marcador simultáneo.

Entonces el ocio de los españoles descansaba sobre cuatro, o como mucho cinco pilares: cine, radio, literatura popular, fútbol, y si acaso toros entre los más pudientes. Fútbol y toros con sus respectivas filias y fobias, en torno a unas cuantas figuras; Manolete, Bienvenida, Luis Miguel Dominguín, Mario Cabré, Mundo, Ramallets, Gaínza, Di Stefano, Kubala o Pahiño. El cine, aparte de gestas imperiales encarnadas por Ana Mariscal o Alfredo Mayo, aportaba la magia de Hollywood en “Technicolor” y dos horas de calorcito durante aquellos inviernos de tiritona, sabañones e ineficaces gabardinas raídas. Las novelas populares solían llegar hasta las cocinas o salas de estar desde cualquier casetucha portalera, alquiladas por veinte céntimos si estaban muy manoseadas, o veinticinco cuando aún ofrecían buen aspecto. Firmas como José Mallorquí, Federico Mediante, Peter Debry, Eddie Thorny, Mark Halloran, Keith Luger, Silver Kane, Marisa Villardefrancos o Corín Tellado, no solo saciaban cualquier hambre sentimental o aventurera, sino que hicieron ricos a Germán Plaza, Rollán, y los hermanos Bruguera, sus más conspicuos editores. Respecto a la radio… Podría decirse de ella que fue ventana a la ilusión, escaparate de sueños, amiga fiel y abnegada cómplice.

De José Ignacio Corcuera

Porque la radio no sólo emitía misas, rosarios, sermones de orientación cristiana, el ángelus o “partes” a la hora de comer y durante la cena, abiertos invariablemente con un marcial y poco tranquilizador “¡Sin novedad en la paz española!”. Desde su menudo cuerpo también salían los espectáculos de Bobby Deglané, tan proclive a esparcir jabón como a requebrar con ditirambos. El humor de Gila, Tip y Top o Pepe Iglesias “El Zorro”, por más que el país estuviese para muy pocas carcajadas. Y el “Teatro del Aire”, los seriales, las travesuras de Periquín para desesperación de Matilde y Perico, concursos y más concursos en los que cada atardecer se repartía el equivalente a medio salario mensual, por contestar a unas sencillas preguntas. Era la radio de Concha Piquer, Machín y sus maracas, la voz nasal de Jorge Sepúlveda, el empaque de Gloria Lasso, o el desenfrenado ritmo de “Rascayú”, pieza prohibida por la censurada, al cabo, para asombro de su cantante y artífice, Bonet de San Pedro. Aquella radio embelesaba a los preadolescentes, tan pronto sonaba la sintonía de “Diego Valor”. Y hacía arrimar la oreja a los más irreductibles disidentes, cuando sintonizaban con el volumen bajísimo Radio España Independiente, Estación Pirenaica, voz del Partido Comunista bien a cubierto primero en Moscú y luego en Bucarest, muy al otro lado de los Pirineos. Pero por encima de todo, para el aficionado al fútbol era vehículo que transportaba al paraíso. Porque, naturalmente, fútbol y radio vivieron, y siguen haciéndolo, en perfecta simbiosis.

Las primeras retransmisiones balompédicas a pie de campo, precedieron a nuestra Guerra Civil. Paco Bru, formidable propagandista de sí mismo, solía postularse como impulsor del fútbol radiado. En realidad una muestra más de autobombo, a tenor de lo que él mismo dictase a su entrevistador, allá por los 40:

“Después de dos años como entrenador del Juventud Asturiana, cargo que compaginé con el de seleccionador nacional cubano, volví a España convertido en corresponsal del matutino habanero “El País”. Diariamente debía enviar un cable de cien palabras sobre asuntos deportivos, y con alguna frecuencia crónicas postales sobre cuestiones de relevancia, tal era el interés por España en la perla antillana. Cuando hubo de disputarse la final de Copa entre Barcelona y Real Sociedad correspondiente a 1928, en El Sardinero, se me ocurrió retransmitir los dos primeros partidos de los tres que acabaron haciendo falta para proclamar un campeón. Y lo llevé a cabo mediante mi Pizarra Magnética, consistente en aplicar una serie de claves. En la redacción del periódico recibían mis cables y los vertían a un tablero de mi invención, representando un campo de fútbol, con varios cuadrados numerados. Yo transmitía los números y ellos movían sobre el tablero una bolita. Así, el público congregado ante la fachada de “El País” seguía las incidencias en la pizarra, sabiendo donde estaba el balón e incluso quién lo llevaba, porque junto al tablero figuraban ambas alineaciones y dos bombillas, una encarnada y otra verde, se iban encendiendo. La primera señalaba al autor de una falta, cuya naturaleza se indicaba en la casilla de incidencias, y la verde al encargado de lanzar el castigo”.

Ingeniosa, aunque poco práctica fórmula de retransmisión. Porque ¿cuántos telegramas debería haber enviado el bueno de Paco Bru, para que aquello se asemejase al fútbol radiofónico? Obviamente se limitaría a cablear unos pocos lances. Otra cosa hubiera resultado imposible, tanto para él mismo como para los receptores de La Habana. Su sistema, que él consideraba fácil y cómodo, podía ser cualquier cosa, menos ágil y sencillo. O sea que en todo caso podríamos considerarlo abanderado del futuro Marcador Simultáneo.

Aquella final heroica, con hueco en la Historia por la tumultuosa agresión de los contendientes, una vez en vestuarios, y la oda de Rafael Alberti al portero “culé” Plattko, “Oso rubio de Hungría”, constituyó estreno y despedida de la Pizarra Magnética, en palabras de su inventor: “Pensé instalar en Madrid uno o varios de estos tableros, pero como entonces no se permitía dar noticias los domingos, hube de desistir. Después ya no lo he considerado oportuno, pues con las retransmisiones por radio y con Matías Prats como locutor, no hay quién compita”.

Matías Prats, sin embargo, ni fue el primer especialista en retransmisiones, ni autodidacta. Le precedió Fuertes Peralba en la preguerra, hombre de verbo atropellado para lo común en la época, por más que hoy se nos antojaría premioso y un tanto anodino. Entre sus sucesores, nadie gozó de tanta estima como el gallego Enrique Mariñas, quien atropelló aún más su discurso, dotándolo de emociones por el simple procedimiento de reclamar la atención de sus oyentes mientras elevaba el tono. Don Matías, con su particular truquito para suavizar el acento andaluz en tiempos de dicción perfecta, no sólo serenó el ritmo narrativo, sino que supo enriquecerlo merced a un léxico riquísimo, pinturero y medido.

Puesto que los campos de fútbol carecían de cabinas, las retransmisiones se efectuaban desde el mismo graderío, junto a la línea de cal, si el césped no estaba húmedo, o en el mejor de los casos, sólo cuando el estadio se hallaba en obras, con narrador y técnico de sonido encaramados a un andamio. Todavía en 1953, sólo un campo entre todos los de 1ª y 2ª División disponía de cabina para retransmisiones: Riazor, o como entonces se transcribía, el Estadio Municipal de La Coruña. Semejante panorama causaba asombro a los informadores extranjeros, cada vez que acudían a nuestro suelo acompañando a sus respectivas selecciones nacionales. Elías Sogit, Veiga o Escopeta, incluso lo reflejaron en sus crónicas para medios portugueses. Les resultaba inconcebible que tan magníficos terrenos ofreciesen condiciones laborales muy precarias.
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Matías Prats, caricaturizado por Dávila en 1957.

Y si eso sucedía en 1953, mejor no asomarse al panorama siete u ocho años antes. Ello propiciaba anécdotas más o menos jocosas y situaciones no exentas de peligro, como la vivida en tierras meridionales por un todavía neófito Matías Prats.

Como enviado de Radio Málaga a Jerez de la Frontera, estaba retransmitiendo un choque Jerez Deportivo – Málaga. Muy profesional, en cuanto el balón salía del campo publicitaba la firma patrocinadora, sin escatimar elogios. Cansado de tanta loa, o por pura broma, un espectador próximo clamaba indefectiblemente, tras cada slogan: “¡Mentira!. Eso es Mentira!”. Y lo bastante alto para que fuese recogido a través de las ondas. Nada más concluir el primer tiempo, Prats, micrófono en mano, se dirigió al individuo con intención de pedirle explicaciones. Pero el hombre, corpulento y macizo, temiendo tal vez una agresión, le dio un empujoncito, haciendo rodar al locutor. Don Matías, consciente de que no hay sable más afilado que una buena pluma o la palabra, retransmitió con todo lujo de detales su particular calvario. Y en Málaga, claro, los radioescuchas hervían de indignación.

Al domingo siguiente el Jerez viajaba Málaga, para devolver la visita, y un par de horas antes de que echase a rodar el esférico, ¡oh, sorpresa!, el locutor que venía de la localidad gaditana para narrar el choque, sufría una indisposición. Rápidamente y a través de Radio Málaga, se buscó a Matías Prats en su domicilio, rogándole transmitiera el encuentro para los aficionados jerezanos. Vistas las causas, Prats sólo pudo aceptar.

Hora y media más tarde procuraba ofrecer emoción en cada ataque jerezano, como si aquellos fuesen sus genuinos colores. Y tan bien debió hacerlo que mediada la primera parte un espectador se arrancó hacia él, tomate en mano, procediendo a estrellárselo en pleno rostro. Esta vez don Matías llamó a la fuerza pública, que inmediatamente detuvo al agresor, mientras, también a micrófono abierto, censuraba la irreflexiva actitud del forofo: “¿No se da cuenta usted que hubiera podido romperme las gafas, hombre de Dios, y dejarme ciego?”. A lo que el iracundo hincha malacitano, forcejeando aún con los guardias, respondió: “¡Cállese, malaje!.” Que más le dieron en Jerez a Matías Prats y no pasó nada, chulo, más que chulo”.

Casi mientras la voz del No-Do, los futuros grandes acontecimientos deportivo-radiofónicos, y la televisión en blanco y negro vivía este lance, Enrique Mariñas se empeñó en introducir un pintoresco método para hacer más visuales sus retransmisiones futboleras. Consistía en cuadricular el campo como si de un damero se tratase, en 16 casillas con las correspondientes claves: A, B, C y D para las cuatro filas verticales, y numeración ordinal -1, 2, 3 y 4- para las horizontales. Los radioyentes debían tener ante sí el gráfico en cuestión, o haberlo memorizado para sacar algún provecho, puesto que de otro modo el discurso de Mariñas les resultaría ininteligible: “Alonso recoge la pelota en D-3 y pasa a Puchades. Desde C-2 combina con Gonzalvo, que cruza hasta B-3 y envía en largo hacia nuestro interior izquierdo. Éste se interna, cede a Gaínza, quien desde su demarcación de A-1 bombea sobre Zarra… y el cabezazo del vasco, para sorpresa de propios y extraños ¡se va fuera, señores! ¡Fuera por escasos centímetros!”.

Si asimilar una narración en estos términos presentaba su dificultad, cualquier pincelada táctica equivalía a sumergirse en los más oscuros arcanos: “La vanguardia visitante, más eficaz por A-1 y A-2, se apoya constantemente en las subidas de su interior izquierdo, quien desde C-3 inicia diagonales hacia D-4, sacando a Alonso de su casilla en A-3. Puchades debería replegarse desde la franja B hasta la C en cada ataque adversario, y nuestro interior derecho retroceder desde B-3 y B-2. Por cuanto a nuestra delantera, Gaínza es dueño y señor de A-1, Zarra se muestra imparable en A-3 y A-2, en tanto parece no acordarse nadie de que existe un compañero en A-4”.

Huelga indicar que semejante galimatías no halló ningún eco entre oyentes, firmas patrocinadoras y quienes regían las por entonces incipientes cadenas emisoras. El sistema Mariñas acabó encerrado en el desván de las inutilidades sin uso, por más que su inventor pareciera no resignarse a ello. Así lo dejaba entrever en un escrito dirigido al diario “Marca” cuando declinaba el año 1953: “En 1941 y sucesivos, empleé con bastante aceptación en partidos de Liga el sistema del campo cuadriculado. El oyente, con un diagrama, sigue al detalle la situación del balón y jugadores, merced a los números que de cuando en cuando cita el locutor, sobre todo en momentos importantes (…) Al cabo de cuatro o cinco retransmisiones, el aficionado radiofónico conoce de memoria la situación exacta de las cuadrículas (…). Espero que algún día se emplee este sistema en la radiación de encuentros internacionales”.

Debilidad de padre, sin duda, incapaz de ver algún defecto en sus hijos. Porque si algo permitió a la radio sobrevivir al embrujo de las imágenes, cuando hicieron su irrupción en nuestras casas los carísimos televisores en blanco y negro, fue que podía escucharse, como sonido de fondo, mientras se realizaban distintas tareas. La pequeña pantalla, en cambio, requería absoluta atención, tal y como hubiese exigido a los oyentes el método Mariñas de fútbol radiofónico.

En lo que sí coincidió Enrique Mariñas con otros colegas, fue en su crítica a las detestables condiciones de casi todos los campos españoles. Así se expresaba respecto a la carencia de cabinas para retransmisión: “Hay que aliviar en lo posible el trabajo del locutor, alejándolo del público para que la retransmisión sea más limpia y permitiéndole una visión completa del terreno de juego, que no sea interrumpida, como ahora, por los guarda-líneas o guardias de servicio. En la última retransmisión desde San Mamés del encuentro España – Suecia, tuve que levantarme más de quince veces durante el segundo tiempo, para dar paso a los camilleros, médicos y personal de servicio. Las cabinas del Estadio Municipal de La Coruña son perfectas y han costado poco más de cuatro pesetas”.

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Bobby Deglané. Su insistencia convirtió a “Carrusel Deportivo” en un programa clásico, bañado en oro.

Pero si algo revolucionó el panorama del fútbol radiado fue “Carrusel Deportivo”, emisión de la Cadena Ser. En pleno decenio del 50, con las heridas del hambre posbélica todavía sin restañar, los máximos mandatarios de la Sociedad Española de Radiodifusión decidieron crear, para su emisión en cadena, un programa deportivo cuyo eje serían las jornadas del campeonato liguero. Se pensó emitirlo cada lunes, con tiempo para elaborar crónicas y presentarlas a la censura, pues, no lo olvidemos, cuanto se emitiera por las ondas debía cumplir el requisito. Todo ello sustentado sobre un buen cimiento publicitario. Bobby Deglané, sin embargo, jefe de programas de Radio Madrid y mito del medio radiofónico, frunció agriamente el gesto. ¿Qué sentido tenía una emisión idéntica a lo ya publicado por la prensa? La radio, a diferencia del papel impreso, podía jugar con la inmediatez. Y en su opinión ya era hora de sacar partido a semejante fortaleza, máxime si se abordaba algo tan efímero como el fútbol, donde la emoción se nutre del riguroso presente. Aquel programa sólo tendría justificación si se desarrollara en directo.

Puesto que Deglané no era hombre al que se doblegara fácilmente en el terreno dialéctico, sus razones acabarían siendo aceptadas. Y ya con el pláceme de los gestores, iniciaron contactos con la Compañía Telefónica, desde donde les enviaron un técnico para calibrar necesidades. Cuentan que a ese hombre se le fue demudando el rostro a medida que le comunicaban el proyecto. “Pero eso no puede ser”, balbució al fin. “Eso es completamente imposible”.

Era aquella, recordémoslo, época en que no existía comunicación telefónica automática. Todo debía hacerse a través de operadora. De operadoras mejor, en plural; en un plural muy amplio si la conexión se establecía de Norte a Sur. Época admirablemente caricaturizada por el ingenio de Miguel Gila, con aquello de: “Señorita, ¿está lista ya la conferencia que pedí el mes pasado? ¿Sabe si tardará mucho? Ya, que tiene demora…”. La cadena SER disponía de centros emisores y corresponsales por toda España, pero ni en nuestros campos ni en el país sobraban líneas telefónicas. Problema arduo, cuya solución retrasaría en dos años la puesta en antena del primer “Carrusel Deportivo”. Un programa imposible si los rectores de Radio Madrid no hubiesen contado con prioridad absoluta en sus comunicaciones dominicales, es decir con los mismos privilegios reservados a cada gobernador civil, a la cúpula militar y, años más tarde, a la Vuelta Ciclista a España.

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Vicente Marco, director de “Carrusel Deportivo” en tiempos heroicos, cuando había que afianzar un proyecto difícil, por su gran dependencia de la telefonía.

El primitivo “Carrusel” apenas si guardaba apariencia con el actual, o la suma de imitadores que irían apareciendo. Los corresponsales sólo saltaban a antena cuando se les daba paso, no en vano casi todos, por no decir todos excepto los de Chamartín o el Metropolitano, carecían de conexión abierta. Y sus intervenciones solían extenderse durante minuto y medio, más o menos, tiempo empleado en actualizar resultados, bocetar lo acaecido desde la anterior conexión, o incluir narraciones en vivo de cuanto en ese instante estuviese acontecimiento. Venía a ser, más o menos, una suma o collage de retransmisiones, pedacito a pedacito. Por supuesto sólo englobaba partidos de 1ª División. Los 40, 36 y 32 equipos componentes de una Segunda dividida en dos grupos, irían incorporándose muy poquito a poco. Hasta que la red telefónica pudo permitirlo, sus seguidores hubieron de conformarse con la comunicación de resultados al poco de pitarse el final. Únicamente a mediados de los 60, cuando como apoyo al director del programa se introdujo un animador, éste comenzó a dar puntual cuenta de la evolución de marcadores, señalando al autor de los goles: “En Ceuta, Atlético de Ceuta 2 – Algeciras 0; segundo gol de Mendi. En Puertollano, Calvo Sotelo 3 – Cádiz 1; el tercer gol del Calvo Sotelo, obra de Portilla”. La dirección de “Carrusel”, por cierto, recayó en Vicente Marco, hombre serio, muy alejado de cualquier estridencia y dueño de una excelente voz aterciopelada, no en vano había hecho sus pinitos en el cuadro de actores de Radio Madrid. El primer gran animador (descontado Juan de Toro, responsable de un micro-espacio), con un estilo que crearía escuela, iba a ser Joaquín Prats, algún tiempo después brillante presentador, junto a Laura Valenzuela, en una TVE todavía sin competencia.

Huelga indicar que el programa obtuvo un éxito clamoroso. Cualquier viandante en no importa qué población de Norte a Sur o de Este a Oeste, los domingos, a la hora de “Carrusel”, sólo escucharía ecos de goles y resultados fugitivos de ventanas abiertas, reverberados en patios, o ensordecidos por la algarabía de bodeguillas y tabernas. Porque sí señores, hasta que la televisión no reclamó su peana en los bares, como santo de una nueva religión, el receptor de radio también concitaba numerosas tertulias de sobremesa junto al mostrador de tascas y chigres, entre copas de coñac -“Soberano”, claro, que era cosa de hombres-, sol y sombre o anís seco. Lo sabían perfectamente los publicistas, cuando introdujeron en el programa un concurso, a modo de “quesito”, cuya participación implicaba el envío por correo de dos precintos de alcoholes correspondientes a botellas del patrocinador. Algo que, obviamente, iba destinado no a hogares, sino a camareros o gerentes de modesta hostelería. Por cierto, eran tantas las pistas y facilidades otorgadas desde la radio, sobre todo si concursaba una mujer, que muy de tarde en tarde aquellas llamadas concluían sin premio.

La fuerza de “Carrusel”, cuando las audiencias eran más intuidas que evaluadas, en modo alguno pasó desapercibida a la prensa. A las asociaciones de prensa, mejor, cuyas “Hojas del Lunes”, únicos medios impresos tras el domingo, junto los dos o tres periódicos deportivos de entonces, consideraban muy amenazadas. Se habló incluso de establecer algún canon, si no a la radio como ente abstracto, para cada retransmisión futbolera y, sobre todo, a los programas “carrusel” del tipo impuesto por la SER. Un paseo por la hemeroteca nos lo ilustra muy bien:

Así se expresaba Adolfo Parra, luego de que Juan José Pradera se quejase de la competencia que la radio efectuaba a las Hojas Oficiales del Lunes. “Habría que regular la información deportiva de los domingos en la radio, limitándola a la reseña actual de los Diarios Hablados y al partido local, respetando de esa forma el descanso de los periódicos. Para salir, eso sí, el lunes, compitiendo noble y legítimamente con la prensa”. En pocas palabras, propugnaba el incoloro e insípido “Carrusel” que Deglané se negase a montar. Y eso que Parra, o “Parrita”, era voz de no pocas retransmisiones destilada en el alambique de Matías Prats.

Gracias al “Carrusel”, los aficionados podían vivir desde sus casas la emoción del fútbol en directo. Sólo desde sus casas, pues los receptores radiofónicos de la época, auténticos baúles ahítos de lámparas y necesitados de alimentación eléctrica convencional, estaban reñidos con la portabilidad. Quienes acudieran a los distintos campos seguirían sin conocer el resto de resultados hasta la mañana siguiente, si adquirían el Marca, el Mundo Deportivo o la Hoja Oficial del Lunes. Eso, o dejarse caer por alguno de los muchos bares sobre cuyos espejos, tras las barras, se daba cuenta de ellos. Frustrante, ¿verdad?

Inserción en prensa con las equivalencias del Marcador Simultáneo “Dardo”, en 1958. Los espectadores que desearan hallarse informados debían acudir a los campos con este recorte y la correspondiente entrada.
Inserción en prensa con las equivalencias del Marcador Simultáneo “Dardo”, en 1958. Los espectadores que desearan hallarse informados debían acudir a los campos con este recorte y la correspondiente entrada.
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Lo entendieron unos creativos publicitarios cuya solución les llegaría envuelta en sustanciosos dividendos. Aunque a decir verdad, tampoco es que inventasen mucho. Se limitaron a adaptar, a innovar, incluso, una fórmula puesta en práctica sin gran éxito durante 1950. Eduardo Teus, antiguo jugador madrileño, ex seleccionador nacional, periodista más o menos intermitente, secretario técnico del Real Madrid, responsable del Patronato de Apuestas Mutuas Deportivo-Benéficas -la quiniela, vaya- y hombre por demás inquieto, fu su decidido impulsor. Conoció el formato en Inglaterra, cuyos campos de 1ª lo empleaban habitualmente, y sus intentos de implantarlo por nuestros pagos venían desde 1947. Tropezó, entonces, con un problema imprevisto: La patente procedía de Argentina y sus propietarios estaban poco dispuestos a una cesión gratuita. Para cuando pudo llegar a un acuerdo con su administrador, el Sr. Fraile, pasaron casi tres años. Y la puesta de largo, con carácter experimental, tuvo por escenario el capitalino campo de Chamartín. Teus, siempre bien relacionado con los medios, y sus socios, Bonet y el ya citado Sr. Fraile, efectuaron la clásica ronda de redacción en redacción, explicando que si bien a lo largo y ancho del cono Sur se daba cuenta no ya de los resultados, sino de la autoría de los goles y otros detalles interesantes, por nuestros campos sólo se iba a facilitar variaciones básicas, buscando no perjudicar a la Hoja del Lunes. “Es un marcador de ocho metros de ancho por cuatro de alto, con casillas para cada partido. Éstos se justifican con una letra específica, la “clave”. Según el color de fondo en esa letra, los espectadores sabrán si el partido va por el primer tiempo, el segundo, está en el descanso, o ha llegado al final. A medida que se vayan produciendo los goles, se irán volcando las variaciones”.

El negocio, porque como es natural se pretendía ganar dinero, debía basarse en la venta de claves por las colas de los autobuses, a las puertas de cada campo y hasta dentro de él, si se alcanzaran acuerdos con sus respectivas juntas directivas. Además los periódicos del domingo también las acogerían. “Igualmente aspiramos a subvenciones de los clubes -apuntaban-. Y a contratar publicidad para el tanteador”. Puesto que la curiosidad de los informadores les llevaba a inquirir sobre el monto económico de aquella inversión y sus características técnicas, hoy disponemos de múltiples detalles: “Cada tablero ha costado 10.000 ptas. y los números y letras -ochenta y cinco por tanteador- otras 30.000 en total. A eso hay que añadir las obras de montaje. Alguno ha llegado hasta las 10.000 ptas.”. Con respecto al funcionamiento interno, y siempre en palabras de Eduardo Teus, cada marcador disponía de un jefe y cuatro empleados. El jefe, pegado al teléfono para recibir noticia de los goles, a medida que se produjeran. Dos subalternos, con la misión de cambiar números y claves. Y el celador de Telefónica, velando por que la línea se mantuviese activa durante los 90 minutos.

 

Aquellas pruebas no resultaron del todo satisfactorias, pude que porque ninguno de los máximos responsables fuese profundo conocedor del negocio publicitario. La agencia “Dardo”, en cambio, luego del correspondiente análisis, recogería los restos del naufragio, transformándolo en una especie de guía comercial.

Así, en vez de consignar letras a modo de clave, o Español 2 – Sevilla 1 y Oviedo 2 – At. Madrid 3, por ejemplo, aparecía “Punto Blanco” 2-1 ó “Nescafé” 2-3. La tabla de equivalencias era recogida cada domingo por la prensa editada en plazas con fútbol de tronío, para que los espectadores acudiesen al campo provistos del recorte y se informaran puntualmente. ¿Quién iba a pagar por un listín de equivalencias, viniendo estas impresas en cada periódico? Los encargados de aquellos tanteadores, si bien se dijo recibían por teléfono las novedades, en la práctica se limitaban a seguir el radiofónico “Carrusel”. Y seguro que el argumentario de aquellos innovadores ante las distintas marcas comerciales no diferiría mucho de éste: “Imagine a no menos de 350.000 personas con los ojos pegados durante hora y media, cada domingo, a su marca o eslogan. Y suponga que además debieran molestarse en recortar de la prensa su propio anuncio. ¿Qué es imposible garantizar algo así? Pues podemos, se lo aseguro. Y para usted con bastante menos gasto de lo que representaría una cuña radiofónica, siempre imprevisible respecto a su impacto real. Porque si quiere puedo decirle a cuánto ascienden los micro-espacios de Anís Castellana o Coñac Decano, en Carrusel”.
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Marcador portátil, aunque no simultáneo, en San Mamés durante los años 30. Cuando el Athletic Club jugaba fuera y el campo bilbaíno acogía otros choques, se procuraba informar a los asistentes sobre cómo iban las cosas para el equipo rojiblanco. Podríamos considerarlo precedente del que cuatro lustros después impulsara la compañía publicitaria “Dardo”.
Marcador portátil, aunque no simultáneo, en San Mamés durante los años 30. Cuando el Athletic Club jugaba fuera y el campo bilbaíno acogía otros choques, se procuraba informar a los asistentes sobre cómo iban las cosas para el equipo rojiblanco. Podríamos considerarlo precedente del que cuatro lustros después impulsara la compañía publicitaria “Dardo”.

Los eslóganes de anís –“Castellana, es superior”– y brandy –“Coñac Decano, caballero, ¡qué coñac!”-, se hicieron no menos clásicos en las tardes dominicales, durante muchos años, que las voces de Chencho, Juan Tribuna, Lamberto Cortés, Pepe Bermejo, José Luis Adrio, Langarita  o Antonio de Rojo, a costa, eso sí, de un desembolso notable para la época.

Cuando “Dardo” dejó de ver un negocio en sus marcadores simultáneos, la mayoría de aquellos aparatosos armatostes sin uso comenzaron a oxidarse. Sólo sobrevivieron unos pocos, como el de San Mamés, cuyo patrocinio recayó en la Asociación de Comerciantes del Casco Viejo, conforme atestigua esta tabla de equivalencias, correspondiente al decenio de los 80.
Cuando “Dardo” dejó de ver un negocio en sus marcadores simultáneos, la mayoría de aquellos aparatosos armatostes sin uso comenzaron a oxidarse. Sólo sobrevivieron unos pocos, como el de San Mamés, cuyo patrocinio recayó en la Asociación de Comerciantes del Casco Viejo, conforme atestigua esta tabla de equivalencias, correspondiente al decenio de los 80.

En “Dardo” apostaban sobre seguro. Y sin herir susceptibilidades entre los distintos clubes o dar rienda suelta a cualquier avaricia, puesto que el nombre de las entidades deportivas ni siquiera asomaba. Fue un magnífico negocio a partir de 1958, y hasta la irrupción masiva del transistor de bolsillo, al borde de los 80.

Aunque pocas veces, aquel marcador simultáneo también estuvo abierto a las sugerencias. En Cataluña se introdujo una serie de claves para indicar la autoría de los goles en cada equipo catalán. No el nombre completo, que hubiera sido casi imposible, pero sí al menos la demarcación del goleador. Entre el público nunca faltaban los estudiosos, capaces de recitar cualquier once, fuese del Español, Barcelona, Lérida, Sabadell, Tarrasa, Europa o Badalona. Y de ahí a colegir que el volante derecho el Español, o el interior zurdo del Hospitalet eran esa tarde Fulanito y Menganito, mediaba un simple paso.

Cuando el transistor ya había herido mortalmente al marcador “Dardo”, surgieron amagos de competencia condenados irremisiblemente al fracaso. Y es que en determinadas poblaciones, asociaciones de comerciantes o hermandades gremiales sustituyeron, con negocios locales, a las marcas de distribución nacional. En San Mamés, a manera de ejemplo, el viejo armatoste metálico sito sobre el tejado de la vecindad, quedó convertido en plataforma comercial del Casco Viejo bilbaíno. Intento vano de perpetuar algo ya periclitado.

Hoy, cuando algún canal televisivo trata de ofrecer sin imágenes información futbolística en directo, o peor aún, con simples y absurdas vistas del graderío, parece oportuno echar la mirada atrás, no cediendo a la nostalgia, sino como reflexión a vuelapluma. La televisión es imagen, y cada una de éstas ahorra miles de palabras. ¿Por qué, entonces, quienes retransmiten partidos en directo para el plasma o las pantallas TDT, parecen creer que los espectadores están ciegos? ¿Tan ciegos, quizás, como quienes pretenden hacer del televisor, cada vez más grande y plano, una radio en colores?

La radio, hace mucho, obtuvo el máximo provecho de sí misma, permitiendo ver y vivir el fútbol a través de sus palabras. Supo salir airosa de unos cánones o aranceles que nunca nadie se atrevió a imponer por decreto. Resistió vendavales, se innovó y vio morir al marcador simultáneo. Hoy sigue viva. Más que nunca, tal vez. Porque, ¿cuántos miles de espectadores toman asiento ante el televisor, a la hora del partido, con ella encendida?

Cualesquiera que sean los motivos, parece obvio que el fútbol se sigue “viendo” por la radio, y no se escucha por la tele.

Curiosa, muy curiosa paradoja la resultante del progreso.


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