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La pereza española y el fatalismo


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La pereza española y el fatalismo

 Hay cosas que parecen no cambiar pese al tiempo transcurrido, y entre otras destaca la pereza entre los españoles.
 
Esta estrofa lo dice bien a las claras:
 
¿Quieres vivir sin afanes?
Deja la bola rodar,
que lo que fuera de Dios,
a las manos vendrá.

 
La pereza en gran parte de los españoles está reñida con el progreso. Es como compararla con las estampas actuales de muchas ciudades árabes: callejuelas estrechas, mujer tapada, mercado al aire libre, artesanía… como si el tiempo no hubiese transcurrido y continuásemos en la Edad Media. Esta innata pereza está reñida con el progreso ya que éste significa el intento de activar, y si fuera necesario torcer, la marcha ordinaria de los acontecimientos. Además se ampara, o se justifica, con el fatalismo, y amparándose en ella el español se niega a moverse en poco o en demasía al estar seguro de la inutilidad de su esfuerzo. Es el destino de Dios, y como Dios es todopoderoso y todo lo sabe ¿para qué?
 
Solo aquí, en España podría acuñarse aquello de:
 
“Quien para pobre está alistado,
lo mismo da correr que estar lisiado”

 
El fatalismo, que tanto interés tapa como miserias tapa la capa, lo encontramos en su máximo esplendor en la obra del Duque de Rivas “Don Álvaro o la fuerza del destino”, (si no la conocen, léanla), este don Álvaro, tras los aciagos lances de su vida, sí puede hablar de fatalismo, pero no es comparable con el fatalismo innatos de muchos españoles, quizás ante la necesidad en el subconsciente de localizar un pretexto a sus pocas ganas de trabajar, así que conocedor de que todo está escrito: “El que nace para ochavo no llegará nunca a cuarto”, encuentra absurdo el cansarse inútilmente.
 
Entre los escritores españoles, en la pasada dictadura, este principio les servía para no escribir: “¿Para qué?, si al final la censura me lo va a prohibir”… Si se les decía que si aquí se prohibía existía un gran campo para difundir su obra como era Latinoamérica, o la traducción a otras lenguas que les daría fama y dinero, la respuesta era siempre la misma con un gesto de desgana: “Nada, no hay nada que hacer”.

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Sobre el pueblo español: ¿Orgullosos de que? si haceis gala de una estulticia que no hay calificativos para definir, no hay calificativos para definir vuestra estupidez, vuestro conformismo, vuestra pasividad.

Sois un pueblo miserable, candido y estupido, y lo vais a pagar muy caro, y lo vamos a pagar muy caro todos por vuestra puta culpa...

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