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Garroferal

Mi algarrobo 

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Mi algarrobo 

Lo tenemos en una esquina, donde no molesta y nadie le moleste. Es posible que tenga más de 300 años, no tiene ningún riego salvo cuando llueve, que por estos pagos llueve muy poco. Pero se mantiene vivo, y al ser de hoja perenne todo el año se nos muestra verde. Da nombre, junto con otros ya desaparecidos, a mi masía: “El Garroferal”, de ahí mi nombre en este Foro. Garrofer en catalán es algarrobo en castellano.

Lo tenemos en una esquina, pero él debe saber que para mí es mi favorito. Otros árboles más jóvenes adornan mi jardín: alteas, chopos, bachichitos, tullas, jacarandas, ficus y especies varias en la que no falta la graciosa palmera y un par de cocoteros. Él, el algarrobo, está fuera del jardín y del huerto de naranjos, en una esquina como digo, pero no se siente arrinconado, ni marginado, porque pese a la belleza y juventud de los otros, yo, bajo su enorme sombra que da un frescor que en verano invita al sopor, tengo mi mecedora, y allí, por las tardes, acostumbro a mi siesta tras la comida, incluso en la soleadas tardes invernales, que por estos pagos son benignas.

Me balanceo hasta que el sueño hace mella en mí, y los dos, los más viejos del lugar, él con sus 300 o más y yo rondando los 85, estamos casi una hora sin decirnos una palabra; él jamás pronunció una, pero nos entendemos. Y agradecido por mi visita hace que los rayos del sol no me lleguen en verano, pues con sus miles de hojas lo frenan y desvían para que mi siesta diaria sea más placentera, y en invierno abre sus ramas para que Lorenzo me acaricie.

Ahora que pienso nunca le puse nombre, simplemente le llamo "el algarrobo" y allí digo ir cuando voy. Somos ya dos viejos camaradas que formamos una curiosa y añeja estampa.

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Hoy ha sido un viernes muy especial, que para mí lo son, ya viernes, lunes o martes, cuando en casa recibimos a cualquiera de nuestros nietos o bisnietos. Ha sido, por tanto, a mediodía, un enorme placer ver la mesa más concurrida de lo normal, que lo es con mi esposa y un servidor. Hoy había bullicio, más voces, más ruido, risas y besos…

Pero al abuelo, que soy yo, le gusta tras la comida una siestecita reparadora, y tengo a mis camaradas siempre dispuestos a hacérmela más grata: mi algarrobo y mi mecedora. Ésta, hoy, quizás algo envidiosilla por los cariñosos besos de mi nieta, se ha mecido con más gracia, con más suavidad, para que Morfeo se adueñara de mí con más rapidez, y el algarrobo, mi gran amigo, me ha dado la impresión que ha alargado más sus ramas para que la sombra que sus hojas producen lo fuera mayor, pues pese a estar en otoño, el día ha sido espléndido y muy soleado, haciendo mi siesta más agradable.

Del libro que me ha acompañado, apenas he podido leer dos páginas, los ojos se me cerraban, la brisa me adormecía, y mecedora y algarrobo se confabulaban para hacerme la tarde más feliz. Fuera de su protección el sol daba de lleno, y el sopor me embargaba, pero también tenía parte de culpa ese arroz con atún y calamar que hemos comido, guisado a la leña como deben cocerse los buenos arroces, y esa leche frita acompañada de helado de turrón que a un goloso como soy le resulta tan placentera, y cómo no, porque eso no puede faltar en mi casa, una copita de Fondillón; esta mezcla, esa mecedora balanceante, y ese algarrobo dándome sombra y frescor, he hecho de este viernes un viernes más especial si cabe.

¡Feliz viernes!

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De niño sentía hacia mi algarrobo cierta inquina. En cierta ocasión, creo recordar, pregunté por qué no se talaba, ya que en aquella esquina lo único que hacía es darme trabajo, puesto que yo era el encargado, a finales del verano, de recoger las secas algarrobas que diariamente iba dejando caer. Para mí ese trabajo era un sacrificio, y una a una ir colocándolas en un saco de arpillera. A veces, cierto también, me llevaba a la boca alguna, y me gustaba el comerla y su sabor, de las cuales, me dijeron, se hacía una especie de chocolate. No supe si era verdad.

Pero a la pregunta de talarlo me contestaron que no era posible, que el algarrobo era un árbol protegido, y que para arrancarlo, con sus más de 300 años encima, había que solicitar un permiso que, seguramente, al no causar ningún estropicio por el sitio que ocupaba, se nos negaría.

Al final, con el paso de los años, la recogida de las algarrobas se transformó en un obligado entretenimiento, y casi en un orgullo personal cuando determinados años la cosecha era abundante. Ya era parte de mí, y el dar tantos frutos parecía una cosa personal, como si yo tuviese arte y parte en ello, y si el año esa escaso, me entristecía. Sigo conservando la vieja y oxidada romana donde pesaba y peso las algarrobas.

Hoy, que los años ya van dejando huella, aún me agacho a recogerlas y a meterlas en otro saco de arpillera una a una, y cuyo contenido, una vez lleno, regalaré a unos vecinos para que sean comida de su ganado caballar, y, cuando nadie me ve, aun me llevo a la boca alguna algarroba, elimino sus simientes duras como pequeñas perlas negras, y como un poco de ella, cierro los ojos y me acuerdo de aquel niño al que le fastidiaba la recogida y llegó a sentir cierta inquina por él. Ahora creo que me da aún más sombraje al comprobar que aquel niño, ahora anciano, ha transformado el odio por cariño.

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¿Tú crees, estimado algarrobo, que ya estoy muy viejo?

Creo que si pudieras responderme tu respuesta sería no, porque ¿qué son mis 84 años al lado de los más de 300 tuyos?: una nonada. Pero tú eres árbol y además algarrobo, bien arraigado y tu vida puede aún ser muy dilatada, la mía muy poco. Seguro que me sobrevivirás.

¿Y porqué te hago esta pregunta que nunca responderás? porque acabo de venir del puerto, y subir a mi pequeña embarcación que en verano me la tienen secuestrada mis nietos. "Es un peligro, a tu edad —me dicen— que salgas solo a la mar". Sí, puede que tengan razón, pero en invierno no me lo dicen, y "me dejan" que baje a cuidarla y tenerla siempre lista y preparada.

Es verdad que Gregorio, mi viejo amigo y compañero de fatigas marineras, ya no puede acompañarme. Su grave enfermedad senil se lo impide. Ya no podemos salir a pescar, o lanzar nuestros palangres al atardecer para a la mañana siguiente ir a recoger la pesca. O luchar —aunque el Mediterráneo suele ser manso—, contra las olas cuando alguna vez se envalentona, o simplemente navegar mientras nos contamos nuestras penas y alegrías. Ciertamente salir solo no es aconsejable aunque mi salud sea excelente. Debo ser —lo soy— consciente de mi edad, aunque los ánimos estén intactos. Por eso cada día más acudo a ti, a tu sombra, porque sé que bajo ella no corro peligro, salvo que, ahora que ya maduran tus algarrobas, me las dejes caer sobre la cabeza y me fastidies. Pero bueno, un sombrero de paja evitará el coscorrón. Y, por otra parte, comenzaré a recoger los frutos que lanzas, uno a uno, y me creeré, nuevamente, el niño que dejé de ser...

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