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Garroferal

Un poco de humor

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Un poco de humor

La vieja cita que se reía

Yo entré a robar allí creyendo que encontraría cosas de valor, pero en realidad aquella vieja no tenía nada que valiera la pena.

Me sorprendió su tranquilidad, se sentó en una mecedora y balanceándose, cosa que me ponía nervioso, me iba indicando que en tal o cual cajón tal como yo iba abriendo no encontraría nada. Y así fue. Ni siquiera unas monedas. Miré por dentro de unos jarrones, detrás de unos cuados, y ni caja fuerte ni historias, esa vieja no tenía un centavo, y me miraba con cara sonriente.

—Hijo mío –me dijo– ¿no te has dado cuenta de que soy quizás más pobre que tú?

Pero yo insistí, y busqué y rebusqué por todas partes. No encontré absolutamente nada.

Al marchar, y temiendo que llamara a la policía intenté arrancar el teléfono de la roseta, a lo que me contestó que hacía meses que no tenía teléfono pues se lo cortaron por no poder pagar. Fíjese hasta qué extremo llegué, que me pasó por la cabeza darle unos euros.

Al intentar marchar tropecé con una vieja alfombra y casi me doy de bruces contra el suelo, y la viejecita, esa tan modosa que parecía que no había roto un plato en su vida, comenzó a reír al verme tambalear. Yo la miré furioso por mi ridículo, pero ¡ay, señor mío! allí, en esa boca que abría con su fuerte carcajada, habían dos hermoso dientes de oro. Son estos que ve aquí, así es que calcule lo que valen, deme el dinero, y me marcho con viento fresco.
 

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Yo que tú no lo haría, forastero

Esas palabras me las dijo aquel individuo, en un tono agresivo y nulo de comprensión. Además era malcarado y estaba armado. ¿Qué hacer, pues, en semejante situación? No hacerle caso podría haber destapado en él las ganas de disparar, y por mucho que yo deseara hacerlo, y lo necesitara, mi vida la tuve en cuenta y la valoré en mucho. Llevaba ya mucho tiempo caminando, y era el único árbol que había en todo aquel lugar desértico, y qué mala suerte que él estuviese allí enfrente en el porche de su destartalada casa. Miré a mi alrededor, y hacia la carretera que tenía enfrente y debía caminar, y no ví otro árbol como aquél, de tronco ancho. Y no, no lo hice; le obedecí. Sus agrias palabras causaron el efecto y me marché de allí con la necesidad cada vez más acusada. Pese a la larga caminata que llevaba recorrida, aún me encontraba con suficientes fuerzas para correr si me perseguía, y estaba seguro que, a la distancia que ya había tomado, sus balas no me alcanzaría. ¡Eh! le grité con todas mis fuerzas y el muy canalla me miró sonriendo cínicamente, y entonces me saqué la chorra y comecé a mear. Y es que llevaba ya muchas ganas de mear desde que salí del pueblo.

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