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La desesperanza en los jóvenes

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Se entiende como esperanza, según el diccionario, “el estado de ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos”. Por el contrario, “desesperanza”, según el mismo diccionario, es la falta de esperanza.

En otras palabras, y recordando la frase de Dante «Abandonad toda esperanza», desesperanza significa poseer un pesimismo total o bien una actitud ante la vida, nefasta. 

Hay una desesperanza episódica que se observa en la gran mayoría de los adolescentes, los cuales, en el fondo, piensan que en un futuro encontrarán la solución a sus deseos según sus propias aspiraciones, aunque muchas veces la realidad se encarga tozudamente de demostrar lo equivocado de la misma.

La neurofisiología de la desesperanza requiere la normalidad anatómica y funcional de dos bases: la primero la programación y puesta en marcha de proyectos y planes de futuro, y la segunda la integridad del sistema cerebral de recompensa, llamado también de satisfacción.

El objeto de la esperanza es un bien futuro que parece difícil de alcanzar, es esta una visión frecuente en los adolescentes que van cara a la vida y les parece que pueden comerse el mundo. La esperanza exalta la tendencia a la acción. Todo lo contrario a esta actitud es la desesperanza. 

El ser humano necesita vivir con esperanza o esperanzas, máxime cuando se es joven y se tiene una vida por delante, con proyectos e ideales. Unos inmediatos: prepararse profesionalmente, ganarse la vida, tener una vivienda, encontrar pareja con la cual fundar una familia estable, tener amigos verdaderos...

Otros proyectos ulteriores son los ideales que vertebran la existencia, tales como el amor, la entrega a los demás, la sinceridad, la fidelidad, la honestidad, todos ellos presididos por la prudencia.

Nos encontramos raras veces con adolescentes cansados, descorazonados, con poca confianza en sí mismos y en los demás y que, como consecuencia de todo ello, se aíslan un poco autísticamente de la vida, de los amigos... y tienen timidez para iniciar contactos normales con compañeros y compañeras. Entre las circunstancias que a esto predispone debemos contar con términos tan negativos como paro, carencia de perspectivas, igualdad de oportunidades poco serias y obstáculos a la promoción social justa.

En los adolescentes desesperanzados queda muy marcado el decaimiento, tanto moral como físico; normalmente están pidiéndonos que les acompañemos, que nos ocupemos y preocupemos por ellos y su situación pues viven la “soledad acompañada” de ciertas familias o el anonimato de las grandes urbes. Están hambrientos de contar con calor humano junto a sí. 

Muchos de los esperanzados proyectos de algunos adolescentes se les derriten entre las manos a causa de las dificultades que les pone la sociedad: paro, contratos basura, empleos en precario, jornales insuficientes, vivienda cara y decisiones ajenas que les afectan muy negativamente, porque no están basadas en la justicia y el mérito sino en el enchufismo, amiguismo y clientelismo.

Poner cuanto de nosotros dependa, es un ideal noble y necesario para que todos los adolescentes encuentren su lugar en la sociedad a la salida de la adolescencia.

Una solución (entre otras muchas) sería flexibilizar los criterios educativos, adaptarlos a las condiciones personales del estudiante, propiciar las salidas de trabajo y de logro de una vivienda para que los jóvenes puedan estabilizar sus vidas en edad idónea, junto con la educación en valores de la que tantas veces me he repetido. La educación en valores es fundamental para alcanzar una juventud prometedora que sea la mejor garantía de supervivencia del ser humano.

Educación, instrucción, formación son los tres pilares básicos a la par que son remedios eficaces para la desesperanza no surja ni arraigue en la juventud.

Una idea para el tratamiento de la desesperanza nos viene expresada por un proverbio chino que reza así: “No hay que lanzarse al agua antes de que la barca haya naufragado”. Por su parte, Albert Camus nos legó la siguiente frase: “El hábito del desespero es peor que la propia desesperanza”. Y estas palabras del gran filósofo Séneca: “Cuando ya nos parece que no hay esperanza es el momento de no desesperar”.

Hay que luchar con denuedo contra el fracaso escolar, pues muchas veces es puerta de entrada de comportamientos patológicos de autosabotaje y puede desembocar en el paro o en la marginación ya patológica. Las posibles soluciones requieren imaginación y creatividad para que el servicio público tan fundamental como la Educación de todos los adolescentes viva en adaptación permanente a las circunstancias cambiantes de nuestra sociedad. En otras palabras, premiar la excelencia sin caer en el elitismo y ser generosos en el apoyo económico de los alumnos con pocos medios. 

Las familias deben tomar conciencia de sus deberes para con sus hijos adolescentes y fomentar la asiduidad en la asistencia a la escuela. 

Poner en marcha equipos de asistencia pedagógica, también de tutores para el éxito educativo, e incluso, cuando precise, en régimen de internado de apoyo educativo. 

Confiemos pues en que la desesperanza, en adolescentes normales, sea pasajera y que, sabiendo esperar y asesorar, tiene soluciones. Hacer hincapié en este carácter pasajero de la desesperanza es un buen tratamiento para el desánimo y el desencanto en los adolescentes. 
 

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