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Garroferal

La venganza

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La venganza

El joven duque de Vallescrito se encontraba en el palacio del conde del Piomonte solicitándole, humildemente, le liberara del compromiso contraído con la hija del mismo, la señorita Batty, para contraer nupcias en el cercano mes de abril. El duque le rogaba al marqués que no le exigiera explicaciones, aunque reconocía que debía darlas y en amplitud, pero que eran muy importantes y que lo hacía por el bien de la joven Batty.

Batty de Piomonte, una hermosísima mujer ya cercana a la treintena, estaba muy ilusionada ante su boda y muy enamorada del duque. Sería esta ocasión la tercera en su vida que veía frustrada su boda. La primera lo fue cuando su prometido, el segundo hijo de los duques de Carioggionovo, falleció a causa de un accidente pilotando su avión. La segunda triste experiencia fue debida a la guerra, cuando su prometido, el teniente Giussepe Guzzardo, un prometedor oficial del ejército italiano, falleció en un ataque enemigo, y ahora… El conde pensaba en su hija y cómo reaccionaría ésta. Hija única y por tanto la heredera de una de las fortunas mayores de toda Italia y descendiente de una de las nobles dinastías más reconocidas en Europa.

Batty de Piamonte, al recibir la noticia, reaccionó con la serenidad de una mujer educada para no expresar públicamente ningún sentimiento de tristeza. Mientras su padre le explicaba lo hablado con su prometido, y el haberle liberado de su compromiso, altiva y sin el menor gesto de contrariedad, dio su conformidad y salió en dirección a sus habitaciones.

La noticia corrió como reguero de pólvora por toda Italia, en especial por la nobleza y por todos los corrillos de la alta sociedad. Desde ese día, como si la tierra se hubiese tragado a la heredera de los Piamonte, nadie la vio en fiesta alguna o en acontecimiento social destacado.

Era visitada por sus mejores amigas, con la intención de consolarla, pero Batty de Piamonte dejó bien claro que no necesitaba consuelo ni conmiseración. Ella afrontaba los acontecimientos tal cual como venían.

Sus mejores amigas insistieron en que debía asistir a alguna fiesta, que no debía arrinconarse, porque eso era motivo de comentarios y dimes y diretes, pero ella declinaba toda invitación que, por cierto, eran muchas. No había una sola fiesta en las mejores casas de Italia, y también fuera de sus fronteras, en donde no fuera invitada.

Un día recibió la visita de la marquesa de Ruggieri, quien era la que organizaba la última fiesta en Roma antes del verano, ya que en los meses veraniegos toda la nobleza salía de Italia en busca de lugares europeos donde el calor fuera menos agobiante. La marquesa le rogó que a su fiesta no faltara, y menos aún sabiendo que su antiguo prometido asistiría. Era la mejor oportunidad de demostrar al mundo que no estaba compungida por lo acontecido. Después de mucho cavilar, Batty de Piamonte dijo que sí, que asistiría a la gran gala.

Ese día, ni qué decir tiene, Batty de Piamonte acaparó todas las miradas. Tanto las jóvenes como las no tanto intentaban ver en su rostro un atisbo de infelicidad o amargura, pero ella supo presentarse con la dignidad de su estirpe y en su rostro, en esta ocasión más bello que nunca, sólo se reflejaba una felicidad y orgullo insultante.

En un momento de la velada las miradas de Batty y del duque de Vallescrito se cruzaron. Batty no bajó la mirada como otra joven hubiera hecho, de tal manera que el duque se vio obligado a acercarse a ella. Intentó darle alguna explicación, pero Batty le hizo callar, y solamente le dijo que para que la sociedad dejara de murmurar la sacara a bailar el último baile de la noche. Durante la larga y animadísima velada ambos jóvenes bailaron con distintas personas hasta que la orquesta anunció el último baile acompañado de unas palabras de la marquesa de Ruggieri haciendo saber que sería en su casa donde tendría lugar el baile que abriera la temporada otoñal.

El duque de Vallescirto se acercó a Batty, y ésta se ofreció al baile que le invitaba. Todas las miradas se dirigieron a ellos, y las mil y una murmuraciones tenían a la joven pareja como protagonista. Unos decían que ella aún miraba al duque con amor; otras decían que era fría como el hielo y los más que era una lástima que una pareja tan hermosa como ellos hubiera roto relaciones. Ya casi acabado el baile, Batty levantó su mano apoyada en el hombro del duque y lo acercó lentamente a la nuca de éste. Hay quien dijo que lo acariciaba amorosamente y otros que ejercía con su mano tal presión como si quisiera ahogarlo. El baile terminó y comenzó el desfile de las despedidas.

El joven duque de Vallescrito fue de los primeros en abandonar los salones y, cuando bajaba la gran escalinata de separaba éstos del piso inferior, sufrió un desvanecimiento, rodó por los escalones como un muñeco y los sirvientes que fueron en su ayuda vieron estupefactos la señal de la muerte en su hermoso rostro. Todo el mundo se extrañó cómo un joven sano, atlético, un experto en varios deportes, no pudo agarrarse a punto alguno para no rodar hasta golpearse y morir.

La tristeza embargó a toda aquella sociedad del lujo y la buena vida, y Batty no podía ser menos. Ante el cadáver del marqués se quedó petrificada.

Ya en su casa, sentada frente al tocador, comenzó suavemente a cepillar su hermosa y rubia cabellera. Hubo un momento en que de sus ojos, verdes jade, salió un brillo de maldad, y sus labios sonrieron levemente pero con un rictus que bien pudo producir terror a quien lo viera. Una vez cepillado sus cabellos marchó frente al lavabo. Se extrajo de uno de sus dedos un precioso y extraño anillo de oro, herencia y recuerdo de sus antepasados. Lo colocó bajo el grifo para lavarlo con mucho cuidado, y abrió un pequeño resorte. De él salió un líquido verduzco, un veneno, que al acercarse a la nuca del marqués, y debido a la pequeña aguja punzante que tenía el anillo, inyectó parte de ese mortífero producto en su ex prometido. Alzó su rostro, se miró en el espejo y se dijo ¿Cayó por las escaleras debido a un desvanecimiento? Y rió, rió, rió hasta quedar como desencajada. ¡Tres compromisos rotos ya eran demasiados!, gritó con todos sus pulmones.

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