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Las dudas de Isaac


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Las dudas de Isaac

Él, Isaac Ben-Haleff, de oficio alfarero, se congregó como la gran mayoría de los ciudadanos de Judea ante la fachada del palacio del prefecto romano Poncio Pilatos. Según corrió la voz, Pilatos, respetando la pascua judía, ofrecería al pueblo la posibilidad de indultar de la sentencia a muerte de un judío, de los muchos que Roma tenía apresados. La multitud era especialmente grande ese día, ya que uno de ellos se trataba de Barrabás, un guerrillero cuyas ansias de ver libre a su pueblo del yugo romano, le llevó a realizar numerosos atentados contra destacados miembros del imperio o contra las fuerzas militares de éste.

Poncio, hombre de carácter serio, entendió que otro judío, éste también muy bien considerado por parte de la población, el que asimismo se denominaba rey y mesías, podría darse a elegir. Como prefecto romano la posibilidad de no indultar a Barrabás era la preferida, por los atentados cometidos contra la representación romana, de ahí que mostró al llamado Jesús de Nazaret, el mesías, como figura más enternecedora para su liberación. Y mientras eran presentados uno y otro para elegir a cuál salvar de la muerte, y cual llevar hasta el Gólgota, las dudas que a Isacc le entraron fueron grandes.

Barrabás significaba las ansias de libertad de un pueblo sometido, viéndose obligado a entregar al romano gran parte de sus cosechas, y sumiso y callado ante él. Jesús, por el contrario, parecía un medio loco, un desarrapado, un líder de unos hombres de mal aspecto, dados mucho a la oración pero poco al trabajo, y que, además, cometió el grave error de dar por bueno la actitud romana al decir que había que dar al César lo que era suyo, que no era otra cosa que parte de su trabajo, de las cosechas de trigo o las mejores piezas del ganado para disfrute de los imperialistas extranjeros.

No obstante Isaac sintió gran pena por aquel hombre, presentado en un estado físico lamentable, al que de ir hacia el Gólgota cargado con su cruz, poco augurio le ofrecía de que llegase vivo. Y ante la pregunta de Pilatos sobre quién debiera ser el elegido para ser indultado, él, Isacc Ben-Haleff, dijo con voz en grito: ¡Libera a Jesús!, y cien mil ojos se fijaron en él, cien mil ojos inquisitivos recriminando su grito, porque todas las voces restantes aclamaron a Barrabás para ser liberado.

Y Barrabás, una vez libre, bajó junto a los suyos que lo aclamaban con gran júbilo y llevaban en volandas. Mientas allí, en el alto del pórtico del palacio, Poncio Pilatos, extrañado de la elección popular, hacía el gesto de que ese hombre de aspecto de medio loco, desarrapado y desaliñado, fuera conducido por la estrecha calle de la Amargura, cargado con un madero, hasta el monte de las Calaveras donde sería crucificado.

El pueblo soberano ¿tuvo razón?... Las dudas de Isaac, también hago mías.
 

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