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Caín y Abel, eternos...


Garroferal

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Caín y Abel, eternos...

El tema de los hermanos Caín y Abel, relatado en el libro del Génesis, es la situación de dos hombres que se sienten esencialmente rechazados, bajo el peso de una maldición divina, que ya se había cebado en sus progenitores. Viene a ser una pretendida enseñanza de que para alcanzar el amor o el poder hay que sacrificarse o sacrificar.

La leyenda de Caín y Abel nos cuenta lo que necesariamente sucede cuando al menos dos sujetos se enfrentan como inexorables rivales en su desesperado esfuerzo por reconquistar un amor perdido, mejor dicho en esta legendaria historia, un amor nunca realmente poseído. Cuando el “prestigio” de la propia existencia depende de los méritos personales, cada uno se convierte en un peligro mortal para el otro, que entra en el teatro de la vida con idénticas aspiraciones y con el mismo fondo de miedo.

Ahora bien, las enormes ventajas que una naturaleza generosa, aunque no siempre justa, ha concedido al otro —sin méritos por su parte— suponen una amenaza permanente para los propios esfuerzos por conseguir el amor, el poder, la consideración o el reconocimiento. Por tanto, para tener seguridad en sí mismo habrá que combatir, desvirtuar, anular y hasta deformar esas cualidades en el otro, al conferirle un halo de superioridad e incluso de aprecio. Pues bien, en un clima de aceptación y de ausencias de miedos, esas cualidades podrían ser las más adecuadas para ensanchar las propias limitaciones, colmar las carencias personales y convertirlas, mediante un intercambio mutuo, en mayor perfeccionamiento y provecho del propio ser; sin embargo, cuando entran en el campo del miedo, en el terreno de la inseguridad ontológica, se transforman en una señal del enemigo y, por consiguiente, en los puntos más indicados para el ataque. De tal manera que lo que en el otro sería en sí mismo digno de alabanza se transforma, por causa de ese fondo de animosidad, en objeto de odio.

El miedo a sentirse humillado, a no ser querido o reconocido, posee una infinita capacidad en el hombre para pervertir todos los valores. Por eso, entrar por el camino de un enfrentamiento frontal y lateral constituye, lógicamente, un callejón sin salida, ya que no sólo comporta una descalificación del rival, sino que, al mismo tiempo, constituye una verdadera falsificación del propio esfuerzo.

En la leyenda de Caín y Abel, ese hombre que hace sólo un momento ofrecía a Dios en sacrificio lo mejor de sus rebaños es el mismo hombre que, instantes después, contra su voluntad y contra sus aspiraciones más profundas, se va a convertir en asesino de su propio hermano, sólo porque éste parece gozar de una mayor aceptación. Cuanto más intenso es el miedo de ser excluído, más terrible es la agresividad en el hombre que se desata con toda su potencia de destrucción y de liquidación del competidor, de ese otro que se ha convertido en enemigo simplemente por ser mi hermano o hermana, por el hecho de formar parte de mi misma familia. Al fin y al cabo, toda esa competitividad, esa lucha, tiene un claro objetivo: conquistar el amor.
 

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