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La recién casada 


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La recién casada 

Marta estaba en su camarote llorando desconsolada. Su esposo intentaba calmarla del llanto que la afligía, pero todo era en vano, Marta sentía un gran dolor en su alma debido a su inapropiada actitud al juguetear con el anillo de bodas. Y es que Marta y Anselmo se habían casado hacía cuatro días y estaban de viaje de novios haciendo un crucero por el Mediterráneo.

Habían salido esa misma tarde desde el puerto de Barcelona con dirección Palma de Mallorca, y desde allí, durante diez días más, recorrerían parte Italia, norte de África para recabar en Niza, final de su recorrido marítimo.

Esa primera noche a bordo era calma, el mar Mediterráneo parecía una balsa de aceite, el cielo sin nubes y la luna se reflejaba en sus aguas dándole a la noche un encanto que, para unos recién casados, era todavía mucho mayor. Pero Marta, como siempre lo era, se manifestó muy atolondrada e inconsciente. Y apoyada en la barandilla de la cubierta, mientras contemplaban el paisaje y la luz lejana de unos barcos de pesca, no se le ocurrió otra cosa que sacarse el anillo del dedo y ponerse a juguetear con él.

Ciertamente para Marta, ya entrada en años y, según el comentario de sus amigas, todas casadas, ya era propicia para vestir santos, que así se les dice a las solteronas en algunos lugares, para Marta verse con un anillo de casada le hacía sentir un orgullo inmenso, aunque el novio, en este caso Anselmo, no fuera un hombre ni agraciado físicamente ni joven, pues si ella rondaba la cincuentena, Anselmo pasaba de los 65, ya jubilado y con los achaques propios de la edad. Pero por fin podría lucir ante sus amigas un anillo de boda.

Jugueteando con él, apoyada en la barandilla del buque como decimos, y con los nervios propios de la noche de bodas y la travesía del mar que por primera vez veía, hizo que el anillo se le resbalase de entre los dedos y cayese al mar. De ahí su llanto desesperado que no atendía a voces de su marido que le decía que arribados a Palma le compraría otro mejor. No tenía desconsuelo Marta y se sintió más torpe y necia que nunca.

Al amanecer el trasatlántico hacía entrada en el puerto de Palma de Mallorca. Marta y Anselmo madrugaron para poder ver la entrada a la hermosa isla, y el majestuoso edificio de su Catedral acariciada por los primeros rayos del sol. Hicieron un breve recorrido por los lugares más bellos de la ciudad isleña en coche de caballos, hasta que al mediodía les llevaron a un céntrico restaurante para degustar los platos típicos mallorquines. Después embarcarían de nuevo rumbo a Italia.

En el restaurante, muy cerca del paseo del Born, primero solicitaron un frito mallorquín, plato hecho a base de asadura, hígado, cebolla, patatas, pimienta, ajo, laurel, etc. muy sabroso y típico de la zona, para después degustar una llampuga al estilo de Mallorca, que es un pescado muy sabroso y propio de las costas isleñas. Marta, al partir un gran trozo de la llampuga observó algo extraño para ella, quedándose extasiada de lo contemplado.

—¿Qué miras Marta? ¿Qué has encontrado en el pescado que te ha maravillado tanto? –preguntó el marido–

—No te lo puedes creer, Anselmo, mi amor. Es algo inaudito. Parece un milagro. No me lo puedo creer.

—¿No me digas que es el anillo de casada que anoche perdiste a bordo?

—Ojalá lo fuera, pero no es eso, es que en la cocina han tenido la feliz idea de quitarle todas las espinas, y ya sabes que para comer el pescado soy muy torpe.

El marido la miró fijamente, y callado y entre sonrisas pensó. Para las espinas... y para tantas otras cosas, Marta.
 

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hace 47 minutos, Unamas137 dijo:

Jeje que bueno... Final inesperado pero es gracioso y tierno a la vez. 

Le agradezco su opinión; en la vida no es todo política, de ahí que me guste escribir sobre cualquier tema sobre la vida humana.

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hace 20 horas, Garroferal dijo:

La recién casada 

Marta estaba en su camarote llorando desconsolada. Su esposo intentaba calmarla del llanto que la afligía, pero todo era en vano, Marta sentía un gran dolor en su alma debido a su inapropiada actitud al juguetear con el anillo de bodas. Y es que Marta y Anselmo se habían casado hacía cuatro días y estaban de viaje de novios haciendo un crucero por el Mediterráneo.

Habían salido esa misma tarde desde el puerto de Barcelona con dirección Palma de Mallorca, y desde allí, durante diez días más, recorrerían parte Italia, norte de África para recabar en Niza, final de su recorrido marítimo.

Esa primera noche a bordo era calma, el mar Mediterráneo parecía una balsa de aceite, el cielo sin nubes y la luna se reflejaba en sus aguas dándole a la noche un encanto que, para unos recién casados, era todavía mucho mayor. Pero Marta, como siempre lo era, se manifestó muy atolondrada e inconsciente. Y apoyada en la barandilla de la cubierta, mientras contemplaban el paisaje y la luz lejana de unos barcos de pesca, no se le ocurrió otra cosa que sacarse el anillo del dedo y ponerse a juguetear con él.

Ciertamente para Marta, ya entrada en años y, según el comentario de sus amigas, todas casadas, ya era propicia para vestir santos, que así se les dice a las solteronas en algunos lugares, para Marta verse con un anillo de casada le hacía sentir un orgullo inmenso, aunque el novio, en este caso Anselmo, no fuera un hombre ni agraciado físicamente ni joven, pues si ella rondaba la cincuentena, Anselmo pasaba de los 65, ya jubilado y con los achaques propios de la edad. Pero por fin podría lucir ante sus amigas un anillo de boda.

Jugueteando con él, apoyada en la barandilla del buque como decimos, y con los nervios propios de la noche de bodas y la travesía del mar que por primera vez veía, hizo que el anillo se le resbalase de entre los dedos y cayese al mar. De ahí su llanto desesperado que no atendía a voces de su marido que le decía que arribados a Palma le compraría otro mejor. No tenía desconsuelo Marta y se sintió más torpe y necia que nunca.

Al amanecer el trasatlántico hacía entrada en el puerto de Palma de Mallorca. Marta y Anselmo madrugaron para poder ver la entrada a la hermosa isla, y el majestuoso edificio de su Catedral acariciada por los primeros rayos del sol. Hicieron un breve recorrido por los lugares más bellos de la ciudad isleña en coche de caballos, hasta que al mediodía les llevaron a un céntrico restaurante para degustar los platos típicos mallorquines. Después embarcarían de nuevo rumbo a Italia.

En el restaurante, muy cerca del paseo del Born, primero solicitaron un frito mallorquín, plato hecho a base de asadura, hígado, cebolla, patatas, pimienta, ajo, laurel, etc. muy sabroso y típico de la zona, para después degustar una llampuga al estilo de Mallorca, que es un pescado muy sabroso y propio de las costas isleñas. Marta, al partir un gran trozo de la llampuga observó algo extraño para ella, quedándose extasiada de lo contemplado.

—¿Qué miras Marta? ¿Qué has encontrado en el pescado que te ha maravillado tanto? –preguntó el marido–

—No te lo puedes creer, Anselmo, mi amor. Es algo inaudito. Parece un milagro. No me lo puedo creer.

—¿No me digas que es el anillo de casada que anoche perdiste a bordo?

—Ojalá lo fuera, pero no es eso, es que en la cocina han tenido la feliz idea de quitarle todas las espinas, y ya sabes que para comer el pescado soy muy torpe.

El marido la miró fijamente, y callado y entre sonrisas pensó. Para las espinas... y para tantas otras cosas, Marta.
 

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