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Las mentiras de la iglesia católica


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Las mentiras de la iglesia católica

Ante todo quiero manifestar que soy consciente de que mis palabras pueden herir la sensibilidad de los que tiene fe, una fe ciega, aunque la fe suele serlo siempre, ya hacia lo divino, ya hacia lo humano.

También hago referencia de que se debe distinguir entre mi opinión y la realidad; la primera, como mía, no es verdad absoluta, es mi creencia, mi fe, tan ciega y equivocada o acertada como la otra. Pero si entrego datos contrastables, ahí no hay más que aceptarlos, aunque duelan, porque mirar hacia otro lado pretendiendo ignorar una realidad, solo partiría de una ceguera y una sinrazón tan enorme que creo dañina para la mente.

Podría, y puedo, traer aquí infinidad de engaños que parten de la iglesia oficial muy graves, porque sabiendo de sus mentiras las han utilizado contra los sentimientos de las pobres gentes, y todo en beneficio, sobre todo crematístico, de esa cúpula que se dicen enviados de Dios y son unos vividores inclinados a los placeres mundanos. Y entro en materia.

Alacant pertenece a una de las regiones menos favorecida por la lluvia de España, de hecho, llevamos en este año ha llovido menos que en algunas zonas pertenecientes al desierto. Hace muchos años, cuando los meteorólogos no existían, existían los milagros, y la iglesia, como embajadora en la tierra del Dios que un día inventaron, obraba esos milagros para embaucar a las pobres gentes.

Para llover en Alacant se precisa de lo siguiente. Las lluvias otoñales, llamadas “gota fría”, se forman por el recalentamiento de las aguas del Mediterráneo al venir desde el norte el frío en capas altas y chocar ambas temperaturas. Estas lluvias de septiembre u octubre son dañinas, son torrenciales, y no benefician al suelo, porque lo arrasan todo provocando daños, muchas veces personales. La otra lluvia, la buena para el campo, ya sea primaveral o veraniega, llega al crearse en el golfo de Cádiz la borrasca atlántica. Una vez allí formada, por lo general, tras cinco o seis días llega a Alacant y Murcia, muy aplacada a veces, pero sus aguas alegran el secarral de las tierras.

Hoy ya no hay milagros, o al menos la iglesia ni lo intenta, y eso que aún quedan pobres gentes campesinas que se acercan al Obispado reclamando procesiones de prerrogativa solicitando la lluvia a santos, vírgenes y mártires. La iglesia sabe que eso ya no cuela y se niega en redondo. Si lo intentara tendría muchos detractores al saber que no hay milagro, sino causa natural.

Hace siglos, pues existen datos de más de 500 años, cuando de América aún no se sabía que existía, era muy común las procesiones demandando lluvia, y en más o menos cuantía, llegaba. ¿Cómo era eso posible? Muy sencillo y cosa de pillos. Los obispos de estas zonas: Orihuela, Murcia, Cartagena, enviaban hacia Cádiz mensajeros a caballo, con la finalidad de comprobar la creación de la borrasca y su magnitud. De vuelta a los Obispados, con la seguridad de que la tormenta se acercaba, sacaban sus Cristos, Vírgenes y santos variados, y llovía. Para el agricultor, temeroso del poder de Dios (por el lavado cerebral de siglos), y necesitado del agua del cielo, tras las procesiones veía caer el agua tan deseada, y crecer su anhelada cosecha. Naturalmente, la iglesia, como industria creada para el negocio, se cobraba su trabajo, las primicias, esto es, los mejores frutos y en una cuantía del 10% de lo cosechado, al margen de los arriendos, pues la mayor parte de la tierra de la Vega Baja, era de su propiedad. Se cobraba los “diezmos y primicias” que se llamaban. Así que el negocio era redondo. Si los mensajeros no aportaban noticias favorables, la iglesia mantenía al santo del pueblo dentro del templo, y así no fracasaba. Han sido siempre unos linces.

Ese es el motivo del porqué hoy ya no hay milagros de lluvias, porque todo campesino sabe que si en Cádiz no se forma la borrasca, ni san Pedro ni san Cucufate traen una gota del preciado líquido al Levante español, o principalmente a la zona Sureste. Y el obispo, que lo sabe también, ya no puede engañar como hacía el brujo de la tribu o el chamán, y es que, en definitiva, han actuado siempre como los hechiceros. Es verdad que no llevan una matraca con cintas coloreadas, pero el incensario y la “alcachofa” para desparramar agua bendita, hacen el mismo efecto: engañar. Y la piel de pantera del hechicero la han cambiado por capas fluviales, ribeteadas de fino oro, con el sello de Luchino & Visconti, que hay que estar a la moda…

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