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La desintegración del hombre


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La desintegración del hombre (En tono de humor)

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Hay momentos de la vida del hombre, que éste se siente tan sumamente desgraciado como el Segismundo de “La vida es sueño” de Calderón de la Barca.

—¡Oh, mísero de mí, oh infeliz!— exclama al darse cuenta que al salir precipitadamente de casa, y caminar por la calle, se ha olvidado la dentadura postiza dentro del vaso de agua y las lentes sobre la mesilla de noche.

¡Qué poca cosa es el hombre, en periodo de desintegración, sin la dentadura o sin las gafas!

El hombre, en su fatal declive, en fallarle un par de sentidos corporales, puede atreverse a enfrentarse al resto de la humanidad sin bufanda, sin sombrero o sin calcetines… Es suficiente que tenga confianza en sí mismo, presencia y osadía, con el fin de que su alma resista cualquier prueba sin acobardarse. Pero ¡ay, de aquél que intente continuar desenvolver su actividad social sin dentadura o sin gafas!

A los sesenta años, o antes, el hombre comienza a descubrir que los libros se imprimen con un cuerpo de letra más pequeño y que los vagones de los ferrocarriles, del metro o del autobús cada día están peor iluminados. Hecha esta observación, descubre, finalmente, que los filetes de ternera cada día son más duros. Esta falta de intensidad en la luz artificial y de que la ternera es menos tierna le preocupa durante un largo tiempo, se acostumbra a leer únicamente los títulos que encabezan los artículos de los diarios (ya lo leeré en casa, se dice asimismo), y sustituye la carne por el pescado o las verduras.

Vive durante mucho tiempo engañado, creyendo que mientras funciona el motor no hay necesidad de preocuparse por la carrocería; pero la carrocería se va deteriorando y, cuando alguien le advierte: “tiene un diente que le baila como una campana; seguro lo perderá”, se da cuenta de la realidad de los acontecimientos.

Por lo general, el hombre se resigna y se consuela viendo el gran número de personas que usan lentes y dentaduras postizas. Y, lentamente, se va habituando al uso de estos accesorios; y, al acostumbrarse, ya no puede prescindir de ellos.

—¿Dónde va tan rápido, señor Manuel?

—Es que me he dejado la dentadura en casa y hoy he quedado para comer en un restaurante con un cliente.

Si uno piensa en los tiempos de Enrique VII, cuando todavía no se había inventado las lentes y las dentaduras postizas, el suplicio de aquellos cortesanos de edad madura, sufriendo ante aquellas piernas de cordero que decían ¡cómeme!, nos daremos cuenta de la ganga que representa haber nacido en este siglo.

Entre nosotros, lo más importante radica en conservar la memoria, con el fin de no olvidarnos de unas piezas tan importantes en el vaso de agua o la mesilla de noche. O bien, llevarlas sujetas con un cordoncillo como antiguamente llevaban los monóculos los consumidores de rapé del pasado siglo.

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