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El aborto 


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El aborto 

Aquel sacerdote que conocí, al que llamaré X, resultó ser hijo ilegítimo de una madre que, a sus dieciocho años, y en un mundo rural, había tenido que sufrir la ambigüedad de unos principios morales que condenaban como pecado mortal los anticonceptivos, las relaciones sexuales extramaritales y el aborto. Es lógico que, en sus circunstancias, a una madre soltera no le quedara más remedio que llevar adelante su embarazo, como testimonio público de su deshonra.

Con toda valentía, y dadas sus convicciones religiosas de que el infanticidio era un pecado aún más grave, su madre decidió hacerse fuerte y tener al niño; no cabía otra elección. Pues bien, con todos esos problemas, con las dañinas habladurías de la gente y presiones de la “moral” pública, decepcionada y abandonada por su amante, sin perspectivas de un trabajo que le proporcionara ciertos ingresos, sin esperanza de encontrar una nueva pareja —no ya un marido—, sola, dejada de sus propias fuerzas ¿cómo podía ver a su hijo, sino como lo que realmente era para ella, es decir, como el sacrificio más grande de su vida? Y ¿cómo podría enfrentarse a su futuro, sino agarrándose lo más firmemente posible a la única y tan endeble barandilla que le quedaba, la convicción del deber cumplido?

Era evidente que aquel joven sacerdote, especialista en teología en Roma, al que la mera idea de que se pudiese “permitir” el aborto le llenaba de pánico, había tenido que ser para su madre un verdadero obstáculo, un calvario, una auténtica pesadilla. Por eso necesitaba que la prohibición del aborto fuera absoluta y, literalmente, sin excepciones; sólo de esta manera podría tener la seguridad en su propia existencia. La prohibición eclesiástica del aborto era para él, en cierto sentido, la única garantía de su ser. Y es así como se explica que defendiera tan apasionadamente la doctrina de la Iglesia sobre el aborto.

En una perspectiva psicoanalítica, está perfectamente motivado desde el estricto rigor con el que se prohíbe el “asesinato del niño que está en el seno de la madre”, hasta la asombrosa y teórica comparación de algún cardenal católico, que sitúa en el mismo plano el aborto y el exterminio masivo de tantas “vidas inútiles” en las cámaras de gas del régimen nacional-socialista. Para comprender esa motivación, basta presuponer en los defensores de esta postura una vivencia infantil temprana que, llegada la madurez, se transforma en evidencia contundente de que, si uno realmente existe, se debe únicamente a la heroica voluntad de sacrificio de la propia madre. En consecuencia, lo que hay que esperar del interesado es que, como otro Abel, asuma su disposición personal para el sacrificio. De esta manera, cuando se llegue a ser sacerdote de un Dios exigente, podrá él mismo exigir a todos, especialmente a las mujeres y a las madres, que actúen de la misma manera y ofrezcan “libremente” su sacrificio personal.

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