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Mi loco amor hacia Batty


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Mi loco amor hacia Batty

(Pasado desde el Club, al que estoy modificando)

Mi amigo Ernesto, aquel verano de 19.. tuvo la gentileza de invitarme a pasar unos días en la finca de sus padres, El Encinar, situada en la provincia de Segovia.

Era una finca hermosa, construida en el centro de una gran arboleda. Para mí, que llegaba de las tierras resecas y cálidas del Este, el frescor de aquella mansión de piedra y su entorno, donde un riachuelo la bañaba, me pareció el Edén.

Una vez conocido a sus padres y acompañarme Ernesto a lo que sería mi habitación, decidí tomarme un baño y mudarme para la cena y conocer a su hermano menor y a su hermana Batty.

Terminado el baño, y mientras me vestía, mirándome en el gran espejo que había en la habitación al anudar mi corbata, pude contemplar algo completamente extraño. A mis espaldas, según observé en el espejo, una puerta estaba a medio cerrar; daba a una habitación y en ella comprobé horrorizado que un hombre alto, fornido, de anchas espaldas, con sus manos apretaba el cuello de una joven de cabellera rubia, cuyos ojos azulados se salían de las órbitas debido al estrangulamiento que estaba padeciendo. Me volví rápidamente y comprobé que a mis espaldas no había puerta alguna, lo que había era un enorme armario, el mismo armario donde antes yo había colocado mis pertenencias.

Quedé muy sorprendido pues la imagen de la puerta y los personajes los vi con total claridad. Intenté mover el armario para ver qué había detrás, cuando mi amigo Ernesto llamó a la puerta y entró, quedándose sorprendido de mi acción. Le pregunté qué estancia había en la otra parte del armario, y me respondió que una habitación, y que era, precisamente, la de su hermana Batty. Le pregunté si había alguna puerta que comunicara las dos estancias oculta tras el armario que yo intentaba deslizar. Y me dijo que no. Le pregunté si Batty era rubia y me dijo: “después lo comprobarás”. Y ya no hablamos más del asunto pese a su extrañeza y mi estupor.

Pues sí, después durante la cena lo comprobé, Batty era rubia, sus ojos eran azules y era, sin lugar a dudas, la mujer que yo vi como era estrangulada. Y Batty me presentó a su marido, un hombre alto, fornido, deportista amateur de balonmano, de anchas espaldas y cuyo perfil físico era exactamente el de aquel que con sus enormes manos apretaba el cuello de la joven.

Si horrorizado me quedé al contemplar la escena vista a través del espejo, perplejo me quedé al comprobar que ambos rostros, que yo jamás había visto, coincidían con aquella visión.

Durante los días que duró mi estancia en El Encinar, intenté quitar de mi mente la escena, pero me era imposible lograrlo porque no entendía cómo puede ver algo que no ocurrió y cómo puede ver el rostro de dos personas reales, que estaban junto a mí, y que yo con anterioridad jamás había conocido. Y hay otra cosa más grave, me enamoré locamente de Batty.

Yo soy un hombre que no cree en premoniciones, supersticiones, hechicerías y bobadas de ese estilo, pero ese amor que nació en mí hacia Batty comenzó a crear en mi interior un fuerte desasosiego. ¿Y si efectivamente es una premonición? ¿Y si ha sido un aviso para que la salve del peligro que se le avecina? Me entraron unas ganas locas de narrarle lo acontecido, pero por otra parte pensé que haría un ridículo espantoso ¿Quién en su sano juicio podría creerme? Por otra parte, si Batty comprendiera que me estaba enamorando perdidamente de ella, pudiera entender, si se lo explicaba, que era una maniobra sucia para colocar en ella la duda y contribuir a que su matrimonio, que parecía muy feliz, se destruyera.

Así pasaron los días de verano, y tuve que marcharme. Me despedí muy triste en mi interior porque ya el amor hacia Batty era un tormento; porque creí que mi visión sucedería, y porque yo no tuve el coraje de decírselo a ella y a los demás.

Por diversas circunstancias Ernesto y yo, al siguiente año, dejamos de vernos asiduamente. Él marchó a Barcelona donde encontró un excelente trabajo en una multinacional de la cosmética y yo me trasladé a Granada a continuar mis estudios de medicina, en la especialidad que siempre me gustó: la especialidad deportiva. No obstante nos carteábamos y nos llamábamos por teléfono. Un día supe por él que el esposo de Batty, llamado Juan Miguel, había fallecido en un accidente automovilístico. Batty, que lo acompañaba quedó ilesa, salvo unas pequeñas contusiones sin importancia.

El suceso me dio motivos para visitarla y saludar con mi pésame al resto de la familia. Pude darme cuenta que el amor que nació seguía vivo, y es que, efectivamente, nunca dejé de pensar en ella. Ahora, muerto su esposo, entendí que la premonición era un absurdo, y que mi imaginación era la que me hizo ver aquella habitación que tras el muro existía. Me sentí feliz, he de decirlo; feliz porque ya Batty no corría peligro, y feliz porque ya tenía el campo libre para expresarle mi amor.

Para no extenderme demasiado en este relato, diré que dos años después Batty y yo nos casábamos. Y que jamás le dije nada sobre aquella visión que tanto me atormentó.

Mi amor por Batty fue creciendo hasta la exageración o adoración. Sin embargo en ella el tiempo la fue cambiando; la falta de uno o varios hijos que nos fue imposible lograr; mi dedicación total a la medicina; el tiempo que estábamos separados por el trabajo, asistencias a Congresos, etc., por lo que fuere… el caso es que fui notando cómo el amor de Batty hacia mí, en vez de crecer, fue menguando, si es que alguna vez, amor, amor, existió.

Por mi cabeza pasaron varias locas ideas, incluso la de sospechar que me engañaba, que había otro hombre que hizo que su amor hacia mi desapareciera. Y mi desasosiego iba en aumento. Cuanto más yo la interrogaba sobre estas cuestiones, ella más lo negaba, y en su semblante hacia mi asomaba el desprecio. Aquello era imposible soportarlo, mi pasión hacia ella aumentaba día tras día, y ella hacia mí cada día se mostraba más distante, cada día más fría. Pequeña discusiones al principio nos condujeron a discusiones muy tormentosas; si al principio lloraba ante mis injustificadas acusaciones, ahora ella se envalentonaba y en su desprecio me insultaba por mi necedad, y por mi desconfianza. Y, probablemente, merecedor yo de todo ello, un día me dijo que no me amaba, que el amor había desaparecido de su corazón, y en él, hacia mí, solamente había odio.

Me abalance sobre ella, y con mis fuertes manos apreté su fino cuello; su cabellera rubia en el intento de escapar de mí se agitaba como si una fuerte brisa marina la acariciara, y sus ojos de un azul intensísimo, se salían de sus órbitas. Sí, efectivamente aquello fue una premonición, pero aquel salvaje criminal que vi reflejado en el espejo de aquella habitación de la finca El Encinar, no era Juan Miguel, era yo.

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