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La ciudad amurallada


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La ciudad amurallada

(Traslado desde el Club al que estoy modificando)

Después de una larga caminata a lomos de su camello, por fin llegó a las puertas de la ciudad amurallada. Era ya muy de noche y estaban cerradas. Descabalgó y acercó sus ojos a la cerradura, y vio que dentro de ella las gentes bailaban y reían pues hasta él llegaba el jolgorio de alguna festividad.

Se atrevió a llamar y llamó, dando fuertes golpes con el aldabón. Al poco rato unos guardianes se llegaron hasta la puerta y la abrieron. Él pidió permiso para entrar para no hacer noche a la intemperie en las afueras de la ciudad, y se lo concedieron.

Esa ciudad era para él desconocida, y se quedó extasiado por la belleza de la misma. Si por fuera sus murallas eran de rústica argamasa, por dentro todo era mármol de distintos y bellos colores. Estaba toda la ciudad llena de luminarias que más bien parecía estar a pleno día al sol fuerte del desierto que en aquella noche cerrada.

Pasó al interior de la ciudad y el la gran explanada central vio la gran fiesta que estaba organizada, allí era todo lujo, y a sus ojos entendió que todo placer, vicio y depravación.

En un banco vio recostado a un joven que vestía ricos ropajes de seda purpurada, su cabello estaba coronado con una guirnalda de rosas blancas, y sus labios enrojecidos de vino. Él se le acercó por detrás, tocó su hombro suavemente, y al girarse le preguntó:

—¿Por qué llevas esta vida tan disoluta?

El joven, que lo reconoció de inmediato, le respondió:

—Yo era leproso, ¿recuerdas?, y tú me curaste. Entonces ¿de qué modo había de vivir el resto de mis días sino alegre y placenteramente?

Y él, sin decir nada, siguió avanzando por aquella plaza.

Al poco divisó una mujer con toda su cara pintarrajeada, vestía con un vestido de seda transparente, largos y costosos collares, iba descalza y uno de sus senos al descubierto. Tras ella un joven iba persiguiéndola y ella, riendo y riendo, jugueteaba con él incitándolo a la fornicación, y en los ojos del joven brillaba el desenfreno y la lujuria.

Él los siguió, y al alcanzarlos paró al joven y le preguntó:

—¿Por qué miras a esta mujer y de esa manera?

Este joven, que también lo reconoció, le respondió:

—Yo era ciego, ¿recuerdas? y tú me diste la vista. ¿Qué otra cosa y de qué otra manera habría de mirarla?

Él se acercó a la mujer y le dijo:

—¿No conoces, acaso, otro camino que el camino del pecado?

La mujer se volvió, y también lo reconoció al tiempo que le decía:

—Tú me perdonaste los pecados y el camino que hoy sigo me parece muy agradable.

Y él, entristecido, decidió dar media vuelta y salir de la ciudad.

Y cuando hubo salido, y caminaba andando acompañado de su camello y sus menguadas alforjas, observó al dar la luz de la luna sobre unas rocas, que allí un joven estaba sentado y lloraba.

Era un joven rubio y él le acarició con sus manos su ensortijado cabello mientras le preguntaba.

—¿Por qué lloras?

Y el joven alzó sus acuosos ojos hasta él y le dijo después de reconocerlo:

—Yo estaba muerto, ¿te acuerdas?, y tú me resucitaste de entre los muertos. Entonces ¿qué otra cosa me queda más que llorar?
 

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