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La novicia andaluza


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La novicia andaluza

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(Traslado desde el Club, al estar actualizado este)

En aquel convento de monjas, los frescos que adornaban el techo de la capilla estaba muy deteriorados. La madre abadesa, en vista de que los ahorros estaban algo boyantes, decidió que fueran reparados. Para ello se contrato a un afamado pintor especializado en frescos, que tras aprobar las monjas el presupuesto correspondiente, se puso manos a la obra.

Tras varios días en montar el andamiaje, el pintor comenzó a remozar. Era el mes de agosto, y en aquella zona de la meseta castellana, el calor hacía de la suyas, por lo que el artista trabajaba muy escaso en ropas.

La madre abadesa y las hermanas, incluyendo las novias, se acercaban diariamente para comprobar el buen hacer del pintor, pero, observaron, por parte de algunas sonrojadas y por parte de otras con cierta mirada de picardía, que el artista usaba unos pantalones muy cortos y por otra parte de un ancho camal, con lo que asomaba ciertas partes del cuerpo humano masculino que sorprendió a la pequeña congregación de monjas.

El tema se debatió y la solución era que alguien de ellas le dijera al pintor que tuviese más cuidado, pero nadie se atrevía a ser la encargada, hasta que todas las miradas recayeron en una novicia, de nombre Rocío y andaluza por más señas, al considerarla, creyeron, la más indicada por su carácter abierto y de menos recato. Ésta accedió, pero puso una condición que fue aceptada, que se lo diría por medio de una canción y acompañada de su guitarra.

Al día siguiente aparecieron todas las hermanas en la capilla, y al frente iba sor Rocío guitarra en mano. Al pronto se puso a cantar al ritmo de un tanguillo gaditano, lo siguiente:

—Señor pintor, de las alturas, que se le ven las colgaduras…

El pintor, que entendió la indirecta, mirándolas con cierta sonrisa, y con el mismo tonillo de tango gaditano, le respondió así:

—Ni son naranjas, ni son limones, pues lo que cuelgan, son mis cojones.

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