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Deseos sanos


Garroferal

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Deseos sanos

(Traslado desde el Club al estar mordicando éste)

Marina había insinuado en varias ocasiones que necesitaba tacones altos para estar a su altura. Esta frase suya poseía tanto de literal como de metafórica. Pero cuando él le hizo el regalo, esto último no se lo dijo. Solamente le preguntó: “¿A qué viene este regalo”. Y él le respondió: “Porque me haces feliz, porque me das amor, cariño y alegría”.

Ella se sintió muy decepcionada, pero no se lo dijo. Sin embargo pensó que amor, cariño y alegría también se lo podía haber entregado, por ejemplo, un perro. Por eso se calló. Lo que Marina hubiera gustado de oír era que había algo en ella que la distinguía de las demás, de todas las que le pudieran entregar amor, cariño y alegría ella era especial. En ese momento sintió que esas palabras igualmente él podría habérselas dicho a alguna otra mujer. Sí, cogió los zapatos de tacón alto que él le regalaba, le dio las gracias y le sonrió, pero lo demás lo calló.

Ahora estaba frente al médico, quien le ofrecía unos comprimidos que podrían reducirle la angustia y ayudarla a dormir. Marina le dijo al galeno: “¿No le parece paradójico recetar ansiolíticos a una ansiosa?, en buena lógica —continuó— una ansiosa siente ansia. Supongo no esperará que tome solamente las tres pastillas que me receta al día”.

El médico le sonrió mientras mostraba su perfecta y blanca dentadura. Y a ella, a Marina, en ese momento le pareció que el doctor era muy seductor, y además, y eso era “lo malo”, que el doctor sabía que lo era. Ese día llevaba puestos los zapatos de alto tacón que él le regaló, unos zapatos que podrían muy bien enviar un mensaje erótico, pero que allí en la consulta no surtieron efecto.

Marina sabía que el único antidepresivo que le funcionaba era en realidad estar con su amante. Pero no lo dijo. Y eso que sabía perfectamente que entre aquellas cuatro paredes de la consulta podía decir todo aquello que le pasara por su cabeza sin complejos. Podía decir que vomitaba, que a veces pensaba en cortarse las venas con las cuchillas de afeitar, y que en otras se deleitaba pensando en su propio funeral. Pero no lo dijo. No dijo tan siquiera que los únicos días en que podía pasar perfectamente horas y horas sin sentir esa angustia que la embargaba, eran los momentos en que estaba con él. Las únicas mañanas en que se levantaba sin lágrimas en los ojos y el estómago retorciéndola, eran las mañanas que al levantarse veía a su lado el cuerpo de él. Que todo cuanto deseaba era vivir con él, porque sabía que entonces contaría con alguna posibilidad de pasarse al otro lado de la raya al de la gente presuntamente normal.

Hace veinte años, pensó, nadie hubiera dudado que yo estaba enamorada y mi deseo se hubiera considerado normal. Ahora es una forma de debilidad, y yo —se dijo— una dependiente emocional. Hace veinte años —explicó al médico— me enviaron a un psiquiatra freudiano, y usted me dice ahora que gran parte de mis problemas actuales los tiene una terapia recibida equivocadamente. Me explica usted —prosiguió— que hace veinte años mi problema ni se trataba ni se diagnosticaba, que hace veinte años un problema como el mío se escondía debajo de la alfombra. Lo que me ocurría no podía haber sucedido, y si no podía haber sucedido yo no podía contarlo. El caso, —seguía hablando Marina— es que todo cuanto deseo es la posibilidad de acostarme al lado de la misma persona, de una persona en particular. Necesito saber que si me despierto en medio de un ataque de angustia pueda abrazarme a su cuerpo y volverme a dormir… pero usted, doctor, tiene el valor de decirme que ese deseo no es un deseo sano, que está fuera de lugar. Sin embargo ¿sabe lo que le digo? que es, precisamente este deseo, el único deseo sano de todos cuantos tengo.

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