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Catalunya entre dos dictaduras


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Catalunya entre dos dictaduras

Catalunya en una etapa entre dos dictaduras de las múltiples que hemos padecido en estas tierras, mientras en Europa se decantaban por la industrialización, la educación y el bienestar social, dieron este resultado.

Naturalmente, la falta de secuelas prácticas tras dos décadas de movilizaciones democráticas y, sobre todo la instauración en 1923 de la dictadura de Primo de Rivera —una dictadura de tipo paternalista y escasamente sangrienta—, no obstante obsesionada en reprimir el catalanismo, terminó por provocar en el incipiente catalanismo una cierta radicalización. Durante los años 20 es cuando surgen en Catalunya los primeros y pequeños grupos a los que de verdad podríamos llamar separatistas. Se nutren éstos de jóvenes estudiantes y empleados, encabezados por Francesc Macià, antiguo militar con cargo de coronel. Intentaban imitar a Collins, a De Valera y al Irish Republican Army, pero sus románticas y fracasadas conspiraciones y sus fallidos atentados evocan más bien a Garibaldi o a Tartarin de Tarascon. Tal es así que este nuevo independentismo armado no provoca ni sufre un solo muerto, y su único éxito se sitúa en el terreno propagandístico. Francesc Macià se convierte, frente a la tiranía española de Primo de Rivera, en el símbolo y referente de la dignidad catalana

Puede decirse que en Catalunya fue el modelo irlandés quien inspiró más a los poetas que a los políticos. Unos políticos “radicales” cuyo radicalismo, por otra parte, era muy relativo. Tan pronto como en 1930-1931 la crisis de la monarquía de Alfonso XIII abrió las puertas a un cambio democrático en España, Macià y los suyos abandonaron inmediatamente la estrategia insurreccional preparándose para las luchas electorales, en las cuales alcanzarían triunfos mucho mayores. Verdad es que, el 14 de abril de 1931, cuando el resultado de unas elecciones municipales precipitó el colapso de la monarquía, Macià lo aprovechó para proclamar en Barcelona una República Catalana distinta de la República Española que se instauraba en Madrid. Pero se trató de una expansión sentimental, de un gesto simbólico, no de un intento secesionista serio. Tres días después, una amigable negociación sustituía la ficticia República Catalana por un modesto gobierno autónomo provisional, y el coronel Macià aceptaba lealmente la legalidad española. Su conducta política iba a merecer incluso el elogio entusiasta del embajador británico, Sir George Grahame, quien describe al señor Macià como "un catalán venerable, franco y lleno de ideales".

La Segunda República favoreció un cierto clima de efusión y de confianza entre el nacionalismo catalán, ahora inclinado a la izquierda, sobre una base pequeño-burguesa y popular —a la manera del radical-socialismo francés— y el reformismo progresista representado en Madrid por Manuel Azaña, que consideraba indispensable para la estabilidad de la democracia española dar a los catalanes un nivel aceptable de autogobierno. El fruto de este clima fue el Estatuto laboriosamente discutido por las Cortes y aprobado en 1932, que convertía a Catalunya en una “región autónoma” —la única, por el momento— dentro de la República, con importantes responsabilidades sobre el orden público, la enseñanza, la cultura o la justicia.

Este compromiso político, sin embargo, era muy frágil, porque las derechas españolas seguían rechazando la autonomía catalana y viendo en ella la antesala de la disgregación del Estado, una amenaza aún más terrible que la misma revolución; como dijo uno de sus líderes, "preferimos una España roja que rota" (Calvo Sotelo). Cuando, a principios de 1934, las derechas pro monárquicas se aproximaron de nuevo al poder, la sintonía entre los gobiernos de Madrid y Barcelona fue substituida por el recelo españolista, el catalanismo se puso a la defensiva y el funcionamiento del Estatuto comenzó a chirriar. Muy pronto, la mezcla explosiva de las tensiones nacionalistas, los antagonismos ideológicos y los conflictos sociales condujeron a la insurrección de octubre de 1934, cuya derrota llevó al gobierno catalán y a muchos dirigentes de la izquierda española a la cárcel y provocó la anulación temporal del régimen autónomo de Catalunya. La victoria electoral del Frente Popular, en febrero de 1936, lo restableció, pero en total, antes de la sublevación militar de julio, el Estatuto catalán había tenido vigencia apenas dos años y medio; un balance bastante decepcionante.

Identificado con la democracia y con la República progresista, el nacionalismo catalán —el “rojo-separatismo''— era uno de los grandes peligros contra los que se levantó la derecha civil y militar españolista en el verano de 1936. Y a pesar de que, en Catalunya, no fueron los nacionalistas, sino los anarquistas y los comunistas, quienes impusieron su ley desde el comienzo de la guerra in-civil, las instituciones catalanas y una gran parte de la sociedad permanecieron fieles a la causa antifascista bajo el torbellino bélico revolucionario; sólo una escasísima minoría de catalanistas conservadores siguieron su instinto de clase y se lanzaron en brazos de los generales facciosos. En todo caso, la derrota republicana suponía la derrota política de Catalunya, aunque algunos catalanes se sintieran socialmente vencedores. Ya en abril de 1938, apenas sus tropas habían pisado el territorio catalán, el general Franco abolió el Estatuto de Catalunya "en mala hora concedido por la República” según sus propias palabras.

Durante la inmediata posguerra, significó un verdadero terror el fascismo español en Catalunya —3.300 fusilados, entre ellos el presidente catalán, Lluís Companys, capturado en la Francia ocupada con la ayuda de la hitleriana Gestapo— y la represión implacable contra las fuerzas democráticas y de izquierda, pero también contra cualquier expresión pública de la identidad nacional catalana, empezando por la lengua; "si eres español, habla español" o el “no ladres, habla la lengua del Imperio” eran los slogans favoritos del franquismo victorioso y la Falange redentora e Imperial. Este clima de asfixia cultural y de identidad catalana se relajó lentamente a partir de los años 50. El poder españolista empezaba a tolerar —siempre bajo la censura— el teatro, ciertos libros, algunas revistas muy minoritarias en catalán. De todos modos, cualquier reivindicación política de carácter catalanista seguía rigurosamente perseguida, y la dictadura y el nacionalismo españolista confiaba aún en una muerte dulce del “problema catalán” gracias a la lenta extinción de su núcleo lingüístico, simbólico y sentimental.

Como bien podemos comprobar no ha sido así. Dos férreas dictaduras, como antes monarquías absolutistas, ni guerras ni bombardeos, han logrado hacer desparecer el noble deseo de un pueblo de mantenerse firme ante tanta injusticia y afrenta, pero lo que resulta aún peor, que tanta injusticia sea la causante de que el separatismo, paso a paso, vaya ocupando el terreno del nacionalismo. España es especialista en crear y aumentar todo aquello que rechaza, por su incompetencia y ceguera. No quiere el separatismo —cosa comprensible— pero actúa, por su cerrazón, favoreciéndolo. El 50% es una cifra a tener en cuenta, y muchos de los mitos que desde el españolismo creen que puede frenar esa opción secesionista, cada vez son menos creíbles y menos adaptables.

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hace 42 minutos, Garroferal dijo:

Catalunya entre dos dictaduras

Catalunya en una etapa entre dos dictaduras de las múltiples que hemos padecido en estas tierras, mientras en Europa se decantaban por la industrialización, la educación y el bienestar social, dieron este resultado.

Naturalmente, la falta de secuelas prácticas tras dos décadas de movilizaciones democráticas y, sobre todo la instauración en 1923 de la dictadura de Primo de Rivera —una dictadura de tipo paternalista y escasamente sangrienta—, no obstante obsesionada en reprimir el catalanismo, terminó por provocar en el incipiente catalanismo una cierta radicalización. Durante los años 20 es cuando surgen en Catalunya los primeros y pequeños grupos a los que de verdad podríamos llamar separatistas. Se nutren éstos de jóvenes estudiantes y empleados, encabezados por Francesc Macià, antiguo militar con cargo de coronel. Intentaban imitar a Collins, a De Valera y al Irish Republican Army, pero sus románticas y fracasadas conspiraciones y sus fallidos atentados evocan más bien a Garibaldi o a Tartarin de Tarascon. Tal es así que este nuevo independentismo armado no provoca ni sufre un solo muerto, y su único éxito se sitúa en el terreno propagandístico. Francesc Macià se convierte, frente a la tiranía española de Primo de Rivera, en el símbolo y referente de la dignidad catalana

Puede decirse que en Catalunya fue el modelo irlandés quien inspiró más a los poetas que a los políticos. Unos políticos “radicales” cuyo radicalismo, por otra parte, era muy relativo. Tan pronto como en 1930-1931 la crisis de la monarquía de Alfonso XIII abrió las puertas a un cambio democrático en España, Macià y los suyos abandonaron inmediatamente la estrategia insurreccional preparándose para las luchas electorales, en las cuales alcanzarían triunfos mucho mayores. Verdad es que, el 14 de abril de 1931, cuando el resultado de unas elecciones municipales precipitó el colapso de la monarquía, Macià lo aprovechó para proclamar en Barcelona una República Catalana distinta de la República Española que se instauraba en Madrid. Pero se trató de una expansión sentimental, de un gesto simbólico, no de un intento secesionista serio. Tres días después, una amigable negociación sustituía la ficticia República Catalana por un modesto gobierno autónomo provisional, y el coronel Macià aceptaba lealmente la legalidad española. Su conducta política iba a merecer incluso el elogio entusiasta del embajador británico, Sir George Grahame, quien describe al señor Macià como "un catalán venerable, franco y lleno de ideales".

La Segunda República favoreció un cierto clima de efusión y de confianza entre el nacionalismo catalán, ahora inclinado a la izquierda, sobre una base pequeño-burguesa y popular —a la manera del radical-socialismo francés— y el reformismo progresista representado en Madrid por Manuel Azaña, que consideraba indispensable para la estabilidad de la democracia española dar a los catalanes un nivel aceptable de autogobierno. El fruto de este clima fue el Estatuto laboriosamente discutido por las Cortes y aprobado en 1932, que convertía a Catalunya en una “región autónoma” —la única, por el momento— dentro de la República, con importantes responsabilidades sobre el orden público, la enseñanza, la cultura o la justicia.

Este compromiso político, sin embargo, era muy frágil, porque las derechas españolas seguían rechazando la autonomía catalana y viendo en ella la antesala de la disgregación del Estado, una amenaza aún más terrible que la misma revolución; como dijo uno de sus líderes, "preferimos una España roja que rota" (Calvo Sotelo). Cuando, a principios de 1934, las derechas pro monárquicas se aproximaron de nuevo al poder, la sintonía entre los gobiernos de Madrid y Barcelona fue substituida por el recelo españolista, el catalanismo se puso a la defensiva y el funcionamiento del Estatuto comenzó a chirriar. Muy pronto, la mezcla explosiva de las tensiones nacionalistas, los antagonismos ideológicos y los conflictos sociales condujeron a la insurrección de octubre de 1934, cuya derrota llevó al gobierno catalán y a muchos dirigentes de la izquierda española a la cárcel y provocó la anulación temporal del régimen autónomo de Catalunya. La victoria electoral del Frente Popular, en febrero de 1936, lo restableció, pero en total, antes de la sublevación militar de julio, el Estatuto catalán había tenido vigencia apenas dos años y medio; un balance bastante decepcionante.

Identificado con la democracia y con la República progresista, el nacionalismo catalán —el “rojo-separatismo''— era uno de los grandes peligros contra los que se levantó la derecha civil y militar españolista en el verano de 1936. Y a pesar de que, en Catalunya, no fueron los nacionalistas, sino los anarquistas y los comunistas, quienes impusieron su ley desde el comienzo de la guerra in-civil, las instituciones catalanas y una gran parte de la sociedad permanecieron fieles a la causa antifascista bajo el torbellino bélico revolucionario; sólo una escasísima minoría de catalanistas conservadores siguieron su instinto de clase y se lanzaron en brazos de los generales facciosos. En todo caso, la derrota republicana suponía la derrota política de Catalunya, aunque algunos catalanes se sintieran socialmente vencedores. Ya en abril de 1938, apenas sus tropas habían pisado el territorio catalán, el general Franco abolió el Estatuto de Catalunya "en mala hora concedido por la República” según sus propias palabras.

Durante la inmediata posguerra, significó un verdadero terror el fascismo español en Catalunya —3.300 fusilados, entre ellos el presidente catalán, Lluís Companys, capturado en la Francia ocupada con la ayuda de la hitleriana Gestapo— y la represión implacable contra las fuerzas democráticas y de izquierda, pero también contra cualquier expresión pública de la identidad nacional catalana, empezando por la lengua; "si eres español, habla español" o el “no ladres, habla la lengua del Imperio” eran los slogans favoritos del franquismo victorioso y la Falange redentora e Imperial. Este clima de asfixia cultural y de identidad catalana se relajó lentamente a partir de los años 50. El poder españolista empezaba a tolerar —siempre bajo la censura— el teatro, ciertos libros, algunas revistas muy minoritarias en catalán. De todos modos, cualquier reivindicación política de carácter catalanista seguía rigurosamente perseguida, y la dictadura y el nacionalismo españolista confiaba aún en una muerte dulce del “problema catalán” gracias a la lenta extinción de su núcleo lingüístico, simbólico y sentimental.

Como bien podemos comprobar no ha sido así. Dos férreas dictaduras, como antes monarquías absolutistas, ni guerras ni bombardeos, han logrado hacer desparecer el noble deseo de un pueblo de mantenerse firme ante tanta injusticia y afrenta, pero lo que resulta aún peor, que tanta injusticia sea la causante de que el separatismo, paso a paso, vaya ocupando el terreno del nacionalismo. España es especialista en crear y aumentar todo aquello que rechaza, por su incompetencia y ceguera. No quiere el separatismo —cosa comprensible— pero actúa, por su cerrazón, favoreciéndolo. El 50% es una cifra a tener en cuenta, y muchos de los mitos que desde el españolismo creen que puede frenar esa opción secesionista, cada vez son menos creíbles y menos adaptables.

Esta vez se lo ha currado un poco más, pero sigue siendo una copia maquillada de este artículo.

Cataluña: una historia y algunas paradojas

¿No se siente capaz de escribir algo auténticamente suyo?

 

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