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Señoritos Chulos, Fenómenos, Gitanos y Flamencos


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Señoritos Chulos, Fenómenos, Gitanos y Flamencos

De Eugenio Noel

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Interesante libro en donde página a página, el autor madrileño nos va describiendo una Andalucía que verdaderamente no me gusta. Hoy la creo (o quiero creerla) diferente, pero no estoy tan metido en ella como para asegurarlo. Sólo la conozco de lejos, una docena de viajes en plan turismo poco enseña. Eugenio Noel la conoció mucho más de cerca y en profundidad, y aunque no me guste lo que dice, puede ser verdad, o al menos puede haberlo sido...

Llama la atención leer esto:

El señorito chulo no es una invención del literato, es un caso morboso tan abundante en la Andalucía como los olivos. Solo pueden negar su veracidad, los que lo son o quienes pretenden serlo.

Publicado en 1916, con este libro de pomposo título, Noel pretende llevar a cabo su definición del “flamenquismo” andaluz y todo lo indeseable, según él, de su ambiente y entorno

Noel, en la mayoría de sus libros, ha pretendido siempre demostrar todos los vicios que afligen a España, resumidos como lo peor de la cultura popular, y en el aspecto andaluz nos define al tipo flamenco de la Andalucía profunda, con los rasgos de chulería y prestancia personal que los caracteriza, pero sobre todo en esa parte amoral, garbo, afición a la tauromaquia y a la (así la define él) guitarra canalla, junto a los cantes andaluces, llenos de un matonismo que prefiere la navaja al revólver, y confunde la dignidad llamándola vergüenza torera y al corazón, riñones. 

En la página final, narra lo siguiente:

“No es la ignorancia el mal. Es el atavismo, el fatalismo, la credulidad, son cera, almas blancas en las que todo género de huellas queda impreso, menos lo grande y lo noble”.

Se despide finalmente diciendo:

El guapo que vive de la mechera, el chulo que mata a su querida, el granuja que exige que se le ame a la fuerza, el acaparador, el que explota, el usurero, el gañan ensoberbecido, el político sin cultura, el señorito chulo.

así hasta despedirse con la frase:

Y sobre este zócalo invisible, como sobre el brillo de lo pintoresco, una raza muy grande ha edificado un templo, y en su cella un ara a la diosa de la inconsciencia”.

Razón o no, las letras de las coplas populares andaluzas no quedan muy lejos de estas definiciones. Rafael de León, poeta andaluz, al que un día insultara gravemente la llamada Faraona por ciertas debilidades sexuales, y que fuera Marqués del Moscoso y conde de Gómara, también conocido como poeta de la Generación del 27, es autor de las letras de muchas coplas andaluzas. Formó parte del trío “Quintero, León y Quiroga” y en esas sus letrillas, leídas en profundidad, coincide mucho con las definiciones de Eugenio Noel.

 

 

Enlace al mensaje

Un libro de hace más de 100 años.

En mi caso, por contra, traigo un artículo bastante más reciente pues ni dos años tiene. Su autor, Albert Solé Bruset, es periodista y director de documentales, ha recibido más de 50 galardones tanto a nivel nacional como internacional (entre ellos un Goya y dos Gaudí), es hijo de Jordi Solé Tura y (esto lo digo yo) otro traidor a la patria catalana.

Transcribo el artículo en su versión original en catalán. por respeto a su autor y porque la persona a la que va dirigido domina esa lengua. Para los que queráis leerlo en castellano podéis pulsar en el spoiler que dejo al final:

L'opressió, per a qui se la treballa.

Albert Soler 31.05.2019

Ser un oprimit no està a l'abast de qualsevol. Només cal obrir una mica els ulls quan es visiten aquestes petites poblacions, a tocar de les ciutats, que han passat a convertir-se en zones residencials, per comprovar que com més grossa i maca és la casa, més gros és també el llaç groc que adorna la balconada. I no hi faltarà alguna estelada al vent. Es tracta de l'habitatge d'una família oprimida, tal com indiquen els senyals externs. Si veu vostè una casota amb piscina, una extensió de gespa similar a la del Nou Camp i tres cotxes al garatge, tingui per segur que hi haurà també bonics llaços grocs, estelades i potser alguna pancarta anunciant al món allà hi viuen oprimits, demanant auxili, suplicant que algú els tregui d'aquella situació insofrible. Una cosa semblant passa a la ciutat, on la proliferació de pancartes als balcons, i llaços en façanes i en pitreres dels vianants, és especialment notable al centre, als barris de la burgesia. La Rambla mateixa, un diumenge al migdia, està plena d'oprimits fent l'aperitiu.

A mi també m'agradaria ser un oprimit, però m'haig de conformar amb el sou de periodista i a viure en un piset a la perifèria. Al meu barri, com que és un barri de treballadors i d'immigrants, a penes hi ha oprimits, per manca de temps essencialment. El diumenge m'agrada passejar pel centre de Girona i veure tants oprimits amb llaç groc pel carrer, vivint en pisos que mai no podré comprar i conduint cotxes que mai no podré ni tocar. Els treballadors tenim tantes preocupacions que la de sentir-nos oprimits ens passa per alt, ja voldríem, ja. Procuro que en aquestes excursions m'acompanyi l' Ernest, que als seus nou anys comença a veure que hi ha gent diferent de la que veu habitualment a casa i al barri. Aprofito per exercir de pare, per educar-lo.

-Veus, Ernest? Si estudies i et fas un home de profit, quan siguis gran potser podràs ser un oprimit– li dic amanyagant-li el cap mentre mira bocabadat, diria que amb enveja, gent elegant amb llaç groc.

Quan vaig a Barcelona, com que em desplaço en metro, no veig llaços grocs. Al metro no hi ha oprimits, hi ha treballadors. Els oprimits viatgen en taxi, en el seu propi cotxe o en vehicle oficial, com Presidentorra, que gràcies a cobrar 140.000 euros anuals, es pot sentir el príncep dels oprimits. O com Joana Ortega, que acaba de ser col·locada a raó de 70.000 euros, i només se'ns ha comunicat que farà una feina «transversal». Abans hi havia senyoretes que es guanyaven la vida de manera horitzontal, algunes fins i tot acabaven posant una merceria, gràcies a tantes hores de treball horitzontal. Catalunya, pionera en tantes coses, ha inventat les que treballen de manera transversal, Joana Ortega n'és el prototip, però en vindran més. Joana Ortega, no cal dir-ho, és també una oprimida. Transversal, però oprimida. Amb 70.000 euros l'any, l'opressió es comença a fer angoixant.

No és estrany que la màxima aspiració dels pobres treballadors catalans -no diguem dels immigrants- sigui arribar a estar oprimits. Potser ens hauríem de manifestar, reclamant una mica d'opressió, no pot ser que se l'enduguin sempre els mateixos. Mentre no millorem la nostra trista situació econòmica, ens hem de conformar a formar part dels opressors, o dels colons, o de com ens vulguin anomenar els pobres oprimits.

En castellano:

 

La opresión, para quien se la trabaja.

Albert Soler 31/5/2019

Ser un oprimido no está al alcance de cualquiera. Basta con abrir un poco los ojos cuando se visitan estas pequeñas poblaciones, junto a las ciudades, que han pasado a convertirse en zonas residenciales, para comprobar que cuanto más grande y bonita es la casa, más grande es también el lazo amarillo que adorna el balcón. Y no faltará alguna estelada al viento. Se trata de la vivienda de una familia oprimida, tal como indican las señales externas. Si ve usted un casoplón con piscina, una extensión de césped similar a la del Camp Nou y tres coches en el garaje, tenga por seguro que habrá también bonitos lazos amarillos, esteladas y quizás alguna pancarta anunciando al mundo que allí viven oprimidos, pidiendo auxilio, suplicando que alguien los saque de esa situación insufrible. Algo parecido ocurre en la ciudad, donde la proliferación de pancartas en los balcones, y lazos en las fachadas y en las pecheras de los peatones, es especialmente notable en el centro, en los barrios de la burguesía. La Rambla misma, un domingo al mediodía, está llena de oprimidos haciendo el aperitivo.

A mí también me gustaría ser un oprimido, pero me tengo que conformar con el sueldo de periodista y con vivir en un pisito en la periferia. En mi barrio, como es un barrio de trabajadores y de inmigrantes, apenas hay oprimidos, por falta de tiempo esencialmente.

El domingo me gusta pasear por el centro de Girona y ver tantos oprimidos con lazo amarillo por la calle, viviendo en casas que nunca podré comprar y conduciendo coches que nunca podré ni tocar. Los trabajadores tenemos tantas preocupaciones que la de sentirnos oprimidos nos pasa por alto, ya quisiéramos, ya.

Procuro que en estas excursiones me acompañe el Ernest , que a sus nueve años empieza a ver que hay gente diferente de la que ve habitualmente en casa y en el barrio. Aprovecho para ejercer de padre, para educarlo.

-¿Ves, Ernest? Si estudias y te haces un hombre de provecho, cuando seas mayor quizás podrás ser un oprimido- le digo acariciándole la cabeza mientras mira boquiabierto, diría que con envidia, a la gente elegante con lazo amarillo.

Cuando voy a Barcelona, como me desplazo en metro, no veo lazos amarillos. En el metro no hay oprimidos, hay trabajadores. Los oprimidos viajan en taxi, en su propio coche o en vehículo oficial, como el President Torra, que gracias a cobrar 140.000 euros anuales, se puede sentir el príncipe de los oprimidos. O como Joana Ortega, que acaba de ser colocada a razón de 70.000 euros, y sólo se nos ha comunicado que hará un trabajo «transversal». Antes había chicas que se ganaban la vida de manera horizontal, algunas incluso acababan poniendo una mercería, gracias a tantas horas de trabajo horizontal. Cataluña, pionera en tantas cosas, ha inventado las que trabajan de manera transversal, Joana Ortega es el prototipo, pero vendrán más. Joana Ortega, no hace falta decirlo, es también una oprimida. Transversal, pero oprimida. Con 70.000 euros al año, la opresión se empieza a hacer angustiosa.

No es extraño que la máxima aspiración de los pobres trabajadores catalanes -no digamos de los inmigrantes- sea llegar a estar oprimidos. Quizás deberíamos manifestarnos, reclamando un poco de opresión, no puede ser que se la lleven siempre los mismos. Mientras no mejoramos nuestra triste situación económica, hay que conformarse a formar parte de los opresores, o de los colonos, o de cómo nos quieran llamar los pobres oprimidos.

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